
Parece mentira que ya haga tres años, pero sí; han sido tres años repletos de cotilleos, noticias, denuncias de homofobia, opiniones personales, risas, de todo un poco, intentando ofrecer una visión fresca y plural de la actualidad gay del momento.
Un prolongado encuentro en el que lo más importante han sido los lectores, algunos ya casi viejos amigos, diciendo la suya y haciéndonos sentir esa proximidad inestimable.
Igual que el año pasado esta nos ha parecido una buena oportunidad para conocernos un poco mejor, así que la hemos llenado con recuerdos personales de los editores de especial intensidad. Ahora sólo faltáis vosotros con los vuestros, si es que queréis compartirlos.
Hace muchos años, cuando estaba totalmente armarizado, lo que más añoraba era la normalidad. La rutina que tenían las parejas heteros que me rodeaban y que yo veía como algo imposible de alcanzar. Y cuando digo rutina, me refiero a esas pequeñas cosas que te ofrece la vida en pareja. Desayunar juntos, hacer la compra en el super, despertarte abrazadito, ir a comer con tu pareja y con tus familiares, o asistir juntos a la boda de una amiga.
Cosas que son normales para todas las parejas, y que para mí, hace no tantos años, me parecía un lujo que jamás podría alcanzar. De ahí la elección de esta foto. Una foto que trata de reflejar esos pequeños placeres del día a día, esas rutinas por las que tanto suspiraba, y de las que finalmente, puedo disfrutar sin complejos y con toda la gente que quiero. Y es que la sociedad española ha avanzado una barbaridad en apenas unos añitos. Unos avances que os hemos ido contando en este blog, y que esperamos poder seguir contando durante muchos años más.
Es difícil dormir sólo, especialmente cuando has vivido, durante un tiempo importante, la experiencia de compartir tus despertares con alguien a quien has amado con locura. Así que están los amantes de un día, con los que acabas pasando la noche, pero sobre todo, los amantes de entreguerras. Estos son aquellos con quienes sabías, casi desde un primer momento que por este motivo o cualquier otro, quizás en un año, quizás en dos, la relación dejaría de funcionar, así como sabías, sin embargo, que cada relación tiene final al igual que un comienzo y que de cada una se aprende y en cada una se ama, y de amor y enseñanzas anda siempre uno sediento.
El de la foto es Luke, o Kenneth, o Cheetah… lo que fuese que nuestros cambios de humor marcase. Pleno de sueños, incansable perseguidor de objetivos, luchador de los que me enganchan y desarman de entusiasmo en la cama y la sobremesa, aquel quien fue prólogo y epílogo de la relación más perfecta de mi vida, aún no había tenido su espacio de mi historia en este blog. Nuestro tercer aniversario no es mala excusa para recordar a este guerrero, que como siempre creí, no para de subir escalones en la persecución de sus sueños. Hablando de él, hablo de todos los amantes a los que, aunque acabasteis echándoles en cara que todo hubiese terminado, mientras tanto os hicieron sentir amados en la cena, en el desayuno, frente al televisor o en el altar de la cama.

Cuando eres una adolescente lesbiana en un colegio religioso y conservador, las cosas no son fáciles, hasta tal punto que lo último que se le ocurriría a nadie es salir del armario en semejante ambiente, máxime cuando, por añadidura, cabe la posibilidad de que las consecuencias de tus actos no sólo te afectan a ti sino también a tus hermanas.
En estas circunstancias todo quedó pospuesto hasta acabar el colegio, pero llegado ese momento había que hacer algo; no fue fácil encontrar el qué, pero finalmente un día, decidida a arrasar en el mundo de las bolleras, me presenté en la Coordinadora Gay Lesbiana –que por aquel entonces se encontraba en la calle Carolines de Barcelona- con la única intención de romper el círculo del aislamiento y conocer a más gente como yo. Allí lo tenían todo preparado, incluido un comité de bienvenida que nos ayudaba a romper el hielo y nos informaba de las actividades en las que podíamos participar.

Mi primer beso (de labios de otro hombre) me lo dió Oscar. Y fue en este portal, en un callejón al lado del antiguo People, en mi Huesca natal. Yo tenía 19 años. Y fue el mejor primer beso que puedo desear. Conocí a Oscar esa misma noche, en el People. Yo tenía hora de volver a casa. Así que me acompañó fuera. Nos sentamos en ese portal. Y me besó. Intercambiamos los números de teléfono (fijo, que en aquella época no había móviles). Volví a casa andando, recreandome en el beso. Mi primer beso.
Desde ese día he vivido mis besos con esa misma naturalidad. Ya sea en un callejón furtivo inducido por el calentón, entre la niebla en la entrada del parque, en un bar donde suenan Freemasons o en la dársena de la estación de autobuses despidiéndome hasta la próxima vez. Nunca he vuelto a tener un primer beso como el de Oscar. Y creo que nunca le he dado las gracias a Oscar por ese primer beso.

Jamás olvidaré la primera vez que me enfrenté a la prueba del VIH. Fue hace apenas dos años y acababa de terminar una relación sembrada de desconfianza. Temía que algo pudiera estar mal. La paranoia se apoderó de mí y veía síntomas donde no los había, hasta que una mañana, tras dejar los tres meses de rigor, fui a hacerme la prueba junto a mi compañero de piso.
Una semana después, recibí la respuesta que más deseaba apuntada en ese cartón verde que veis en la foto. Todo negativo. No sólo el VIH, sino también el resto de enfermedades de transmisión sexual. Respiré tranquilo. Y pude hacerlo porque, más allá de la desconfianza, había usado protección en todas mis relaciones. Protección. Esa es la mejor forma de que el aire llegue a los pulmones…
Fotografía del pastel | A30 tsitika
En Ambiente G | AmbienteG cumple dos años