Gay Cinema: 'A la caza'

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Al borde del Reaganismo y del punto y aparte a una época por volver, William Friedkin y Al Pacino se vistieron para practicar el sadomaso en los más oscuros antros gay de Nueva York en ‘A la caza’ (Cruising). Un director errático pero esencial en la década que acababa de terminar y que antes de llenar el zurrón con Oscars y dólares gracias a ‘The French Connection’ y ‘El Exorcista’, había iniciado con ‘Los chicos de la banda’ un círculo que cerró con la película que esta semana protagoniza Gay Cinema.

Vapuleada en su día por la crítica y malquerida por el colectivo LGBT que la consideró entonces y hoy aún sigue considerándola en cierta medida como el retrato del peor de los estereotipos gay, oscuro, sádico, extremadamente inestable mentalmente y asesino, el film de Friedkin sin ser el mejor trabajo de su director, que filmó una arrítmica propuesta a la que le faltó más afinamiento para ser la película muy estimable que pudo llegar a ser, ni desde luego lo mejor de la filmografía del grandísimo bajito Al Pacino, es un film que ha ganado con el tiempo más y más puntos, saltando por encima de peros y espacios vacíos que acaban ablandándose o achicándose al paso de los años.

La Gran Manzana. 1980. Un psycho killer vestido con enormes gafas de espejo, chupa de cuero y gorra de poli, siembra el terror en la Comunidad Gay. Tras seducir a sus víctimas, las conduce a un motel o algún lugar apartado y las cose a cuchilladas.

El oficial de policía Steve Burns (Al Pacino), que responde físicamente al perfil de las víctimas es enviado a investigar el caso, haciéndose pasar por gay e introduciéndose en el Oz oscuro del sexo extremo. Burns mantiene una relación inestable con su novia (Karen Allen) por motivos que no acabará de contarle, más aún cuando sienta que estos se acentúan al adentrarse más y más en su rol de infiltrado.

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En la búsqueda desesperada del asesino o de cualquier cabeza de turco que le sirva a la policía para lavar su imagen, la brutalidad de los agentes en un interrogatorio del que Burns es partícipe, hace que este quiera tirar la toalla. El ruego de su superior (Paul Sorvino), evita sin embargo que esto suceda, mientras que el protagonista se va fusionando cada vez más con un entorno que no desea aceptar pero en el que cada vez más quiere guarecerse.

Al final, el policía termina por ser cazador y presa de sus temores y sus deseos en uno de los finales abiertos más desconcertantes del último trío de décadas del cine policíaco.

El título original en inglés, ‘Cruising’ tiene un juego múltiple. Se refiere no sólo a la actividad del aquí te pillo, aquí te mato, dentro y fuera de los antros y que hoy queda en gran medida ceñido a los pixels más seguros de las páginas de contactos, sino también al vagabundeo de las patrullas tras el delito y los delincuentes y no casualmente, habla también del bagaje psicológico de Burns por los rincones peor iluminados de su mente.

Cueros, sudor, músculos, pánico y Al Pacino son las herramientas de las que el con frecuencia excesivo William Friedkin se sirve, para poner sobre la mesa, entre aromas de popper y sangre, un festín psicológico de digestión difícil y resultados más estimulantes de los que apenas parece dejar entrever la maraña de un género que en esta ocasión, sí deja ver el bosque.

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