Gay Cinema: 'Entrevista con el Vampiro'

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Lestat y Louis

No por casualidad la película ‘Entrevista con el Vampiro‘, basada en la primera novela de las Crónicas Vampíricas narradas por Anne Rice antes de que a esta se le apareciese la Virgen y decidiese que dejaría en el pasado el ‘oscurismo’ literario, comienza y acaba su narración en la ciudad de San Francisco, fervorosa Meca del folclorismo gay para homosexuales de medio mundo.

Y es que si de siempre, la pulsión sexual apareció en toda película de temática vampírica, salvo más o menos veladas referencias lésbicas, nunca el cine comercial, había retratado de un modo más explícito el deseo de un chupasangres de vivir para siempre junto a otro paliducho de su mismo sexo, formando familia ideal con hija perfecta incluída. Sin embargo la mente obsesa, esta vez hecha no muerta carne en las facciones, los manierismos y los largos rizos rubios del vampiro Lestat, fue incapaz de acordarse de algo que debe ser tenido bien en cuenta: Ningún amor ideal es para siempre.

Tom Cruise y Brad Pitt dieron vida a la pareja más homoerótica del cine desde que Newman y Redford, estresasen sus posaderas sobre sendos sementales en ‘Dos hombres y un destino’, en una película que no las tuvo todas consigo en un primer momento, desde que Rice se opuso frontalmente a que Cruise diese vida, o mejor dicho no-vida, a su creación más famosa. Las reticencias de la escritora partían de la poca credibilidad que le concedía el rarete y cienciólogo, sí, pero muy inteligente hombre de cine y más que válido actor cuando el afán por exhibirse no le come el talento, Thomas Cruise. Según ella, hacer que el prota de ‘Top Gun’ colgase al cuello chorreras y luciese los colmillos de Lioncourt tenía más delito que llenar el copón de la eucaristía con Fanta Naranja. Rice se equivocó, como así reconoció tras un primer visionado en que reconoció al futuro papá de Suri como el perfecto recreador de su vampiro necesitado de amar y ser amado.

Sin embargo, Rice no hizo ascos a suavizar ciertos aspectos de la novela, hasta reducir el rol de Louis de Pointe du Lac, tras la máscara de Brad Pitt a un novio guapo pero soso, incapaz de aceptar su realidad (¿homosexualidad?), evitando la ‘perversión‘ de su estatus, rechazando la franqueza con que el más experimentado Lestat vive su condición y destrozando el ideal familiar imaginado por este último, rozando el incesto con la hija de ambos, Claudia, interpretada con efervescencia por la entonces magnífica Kirsten Dunst.

Ambos huyen a París, tras haber pretendido quitarle la vida al ‘recreador’ de los dos, entrando directamente en la boca del lobo de un amanerado almodovariano, que se vengará por haber querido eliminar a traición a su inolvidable ‘ex’ haciendo atrezzo de cenicero con la pequeña pervertidora.

El resultado final es un quejumbroso Louis, amigo de refugiarse en los cines, para esconder con fotogramas imposibles una realidad que jamás aceptará, llorándole sus penas a un entrevistador sospechosamente curioso, al que niega el beso que el segundo ansía, desde el marco de la ventana de un tercer piso a Market Street, escenario anual del Gay Pride sanfranciscano.

El entrevistador tendrá, sin embargo, al final, su sed de curiosidad saciada, gracias al único vampiro honesto de toda esta historia, con sus Satánicas Majestades amenizando el compromiso con ‘Sympathy for the Devil‘ mientras ambos comienzan su viaje de novios en descapotable bajo la alargada sombra del Golden Gate Bridge. Santificado sea tu nombre, puto Lestat de Lioncourt.

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