
El conformismo nos aleja de la Felicidad. No aquella que los ‘buenos hábitos’ de cada época entrecomillan como buena, sino la que nos golpea desde dentro de la cabecita. Esa que viene dirigida por nuestra intuición y el libre albedrío y a la que tantos insisten en negarle la razón, por evitar salirnos de unos convencionalismos que acaban deformando nuestras vidas, hasta el extremo de que muchos acaban por morir profundamente infelices con la panoli ilusión de encontrarse tras la muerte, finalmente, más cerca del Cielo.
Todd Haynes, director homosexual que alambicó las fobias hasta destilarlas como ejercicio de suspense en ‘Safe’, enamoró a dos reyes del glam en ‘Velvet Goldmine‘ y defragmentó a Bobby Dylan en ‘I’m Not There’, dirigió entremedias, a Julianne Moore y Dennis Quaid, en ‘Lejos del Cielo‘, un sublime homenaje visual a los dramas cincuenteros de Douglas Sirk, en un apabullante mural colorista que es a la vez envoltorio de una realidad impostora y código cromático de sentimientos y sensaciones de los personajes que la habitan.
En la edulcorada década de los 50 del pasado siglo, en un suburbio de Connecticut, en la impostada Costa Este de Estados Unidos, Cathy Whitaker (Julianne Moore), es la perfecta esposa, madre y ama de casa. Casada con un guapo ejecutivo de éxito, Frank (Dennis Quaid), hace bascular su vida entre el hogar, los niños y un grupo de amigas competidoras en el arte de sostener el aparente equilibrio de un, en realidad, insostenible ideal de vida. Dos acontecimientos del todo inesperados serán el comienzo del fin de ese malsano equilibrio que mantiene en un constante estado de apatía emocional a Cathy. Por un lado, trabará una relación cercana a la amistad con un jardinero negro que le hará ver, sin dramas, que ‘lo diferente‘ sólo lo es porque esos convencionalismos histéricos así lo han escrito, sin ninguna base racional. Por otro lado, sufrirá el mayor shock emocional de su vida al descubrir accidentalmente, la homosexualidad de su esposo.
Tras el descubrimiento traumático de la verdadera identidad de Frank, este le confiesa que la ama y entre ambos deciden que él se someterá a terapia para corregir su ‘enfermedad’. El resultado del tratamiento será aparentemente exitoso, pero la realidad es otra bien distinta. Aunque la ruptura de ese sostén perfecto es inicialmente dolorosísima, esta servirá para que tanto Kathy como Frank consigan, finalmente, romper con los convencionalismos que le hicieron espesamente infelices, en uno de los happy endings más extrañamente deliciosos de la Historia del Cine, dejando atrás, eso sí, a un grupo de personajes que en su afán de mantener un apático ideal de vida, no consiguen más que mantenerse muy, muy lejos del Cielo.