Gay Cinema: 'Los juncos salvajes'

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La adolescencia es vista con nostalgia desde la madurez y la decadencia física que viene dada con el paso de los años. La oxidación frenable pero imparable y la rigidez de las ideas, lógicamente añoran un tiempo pasado, olvidando frecuentemente que fue un tiempo de descubrimientos fascinantes pero también una época de confusión en la que forzados a entrar en un mundo adulto para el que ninguno de nosotros estábamos preparados, tuvimos que enfrentar unas responsabilidades nuevas que ninguno de nosotros había pedido.

André Techiné, uno de los más destacados directores franceses de la llamada Post-Nueva Ola, experto en retratar las relaciones humanas en una sensitiva, pero no sensiblera manera, hizo con ‘Les roseaux sauvages’ (Los juncos salvajes), un nuevo acercamiento a la homosexualidad en la adolescencia, algo que ya había explorado en uno de sus títulos anteriores, ‘Los inocentes’, aunque no limitándose a ello, en el suroeste de Francia, durante los tumultuosos tiempos del fin de la guerra de Argelia.

1962. François (Gaël Morel) es un joven estudiante de clase media baja que esconde su timidez tras un velo ligeramente pretencioso de una intelectualidad no por todos compartida. Su mejor amiga, Maïté (Élodie Bouchez) tiene por madre a la profesora de François, Mme Alvarez (Michèle Moretti). Madre e hija son militantes comunistas. Durante la boda de Pierre Bartolo (Eric Kreikenmayer), ex alumno de Alvarez, este le pide que interceda por él para evitar ser destinado al frente en Argelia. Ella rehusa.

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Serge Bartolo (Stéphane Rideau), hermano de Pierre es el guapo y tosco compañero de clase de François, quien en el proceso de asumir su homosexualidad, siente una profunda atracción física por su compañero, con quien comparte habitación en la residencia donde estudia. Serge no es gay, pero una noche, explorando su curiosidad por su compañero de clase, se mete en su cama, donde se masturban mutuamente.

Esta experiencia ayudará al protagonista a desarmarizarse frente a su mejor amiga, que reaccionará con alegría ante la franqueza de una situación que a sus ojos no era esquiva.

Dos elementos entrarán en colisión con el trío de personajes. Un atractivo estudiante argelino francés, nacido en el exilio, Henri (Frédéric Gorny), simpatizante de las OAS, ultraderechista grupo paramilitar que intenta evitar la independencia de Argelia, por quien François sentirá también una infatuación erótica en absoluto correspondida y que acabará enganchado a la belleza de la rebelde Maité, y el fallecimiento del hermano de Serge, Pierre, en Argelia, lo que conducirá a la madre de Maité a someterse a tratamiento psiquiátrico por los remordimientos.

Tras tanto conflicto, los tres jóvenes protagonistas, sin embargo, como juncos salvajes a merced del viento pero flexibles en su juventud, lograrán sortearlos en un amable final ajeno aparentemente, a cualquier contratiempo.

Ganadora de numerosos premios internacionales y del beneplácito del público, ‘Los juncos salvajes’ extrae su afortunado título de un poema de Jean de La Fontaine, ‘El roble y la caña’, lo que propone un simbolismo aún mayor de los personajes que la protagonizan, que ejercen de una cosa u otra, o, sin embargo, danzan entre ambos, posiblemente sin poder evitar, por naturaleza, su condición cabezona y/o firme unos, frente a otros que oscilarán toda su vida dependiendo de las circunstancias o el empuje de la brisa.

Película imprescindible y hermosa sin caer en el preciosismo, del mismo modo que el director evita, por costumbre, caer en las redes del sentimentalismo, ‘Los juncos salvajes’ estaba tardando en aparecer en vuestro Gay Cinema, y yo en recomendárosla.

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