Gay Cinema: 'Maurice'

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Wilby Grant

En 1987, la pareja sentimental y profesional formada por el productor hindú Ismail Merchant y el director estadounidense afincado en Inglaterra, James Ivory, gracias al crédito crítico y comercial logrado tras el éxito internacional de Una habitación con vistas, produjeron y dirigieron respectivamente, Maurice, adaptación de la novela póstuma del escritor londinense Edward Morgan Forster de quien habían obtenido buen fruto tras su adaptación anterior y a quien revisitarían más tarde en Regreso a Howards End.

El estreñimiento emocional de la Inglaterra edwardiana es el escenario perfecto sobre el que representar no tanto una historia de amor gay como la persecución de la felicidad por parte de Maurice, un joven homosexual de clase alta que acabará pasando por encima de convencionalismos y cualquier categoría de miedo, cuando concluya que la única razón para negarnos a nosotros mismos es, justamente, la del absurdo de no romper con el espanto hierático que nos impide ser libres.

Ben Kingsley

Filmada con el impecable estilo de orfebre que le caracteriza, James Ivory elaboró otro exquisito retrato de época a la altura del tipo de producto que se esperaba de él a mediados de los ochenta, cuando Hollywood lo acarició con el oro de los premios más codiciados del cine e interpretada por actores recién horneados como James Wilby, Rupert Graves o el por aquel entonces semidesconocido Hugh Grant, junto a veteranos de la talla de Denholm Elliott o Ben Kingsley, fueron todos factores que acabaron de dar empaque a una película esencial.

Maurice (James Wilby) y Clive (Hugh Grant), se conocen y enamoran en Cambridge en una época en que el amor entre hombres no sólo era un imposible pecado sino que además estaba registrado como delito y perseguido activamente por la Ley. Ambos pertenecen a una misma clase social y ambos conocen las siniestras consecuencias a las que el deseo del uno por el otro pueden llegar a conducirles. Sin embargo, frente al repliegue de Clive que acaba sufriendo un ataque de pánico ante el enjuiciamiento y encarcelamiento de un ex compañero del campus, Maurice se niega a dejar de ser Maurice, y pese al doloroso trauma de ver a su ex-amante viviendo una vida acorde a las exigencias, mujer incluida, y pretender ‘sanarse’ de su mal mediante métodos que tendrán nulo resultado, terminará por renegar, sin embargo justo de aquello que la sociedad pretendía arrebatarle por haber escapado, libre al fin, de todas las reglas, abandonándose al amor de un guapo sirviente, Alec (Rupert Graves), única encarnación de la Felicidad, de principio a fin, en esta película de reposado final feliz.

Maurice_Alec

Maurice es la valiosa representación de un hecho no perecedero, en tanto en cuanto idénticos manierismos sociales inspirados en estúpidas tradiciones siguen manteniéndose ahora, siendo estos, vía social o religiosa el motivo de rechazo a una realidad, la nuestra, pero también la frustración de todos y cada uno de los seres humanos, que a diario, sobre la faz de este pedazo de tierra, se niegan a dejarse asesorar por la mejor consejera, su propia conciencia, por evitar romper con unos normas absolutamente prescindibles, cayendo de esta forma en el sinsentido de una infelicidad sin tregua. De clones de Clive está el Mundo lleno, predicando además presuntas bondades desde su mal ejemplo.

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