
No se si habéis visto La Duda, película dirigida por John Patrick Shanley.
Yo la ví el pasado viernes, y la verdad es que “La Duda” quizás sea una de las mejores películas que he visto en los últimos tiempos.
La Duda es una película que está ambientada en 1964, en San Nicolás, una escuela católica del Bronx.
La trama deja entrever, sin que la cosa quede clara, que uno de los sacerdotes que imparten clase en el centro educativo, papel interpretado por Philip Seymour Hoffman, está abusando sexualmente de uno de los alumnos.
Y la monja directora del colegio, papel interpretado por la genial Meryl Streep se enfrentará con el sacerdote para intentar que cese en el acoso, tras las sospechas de una de las monjas que imparte clase en el centro educativo.
Una película llena de misterio, y sobre todo, de matices, que dejan mucho a la intuición y a la imaginación.
Por no hablar de la interpretación del reparto, de la fuerza de algunos de los enfrentamientos entre Streep y Seymor, y de la genial ambientación.
Una película muy recomendable, sobre los casos de pedofilia en la Iglesia Católica. Aunque al final, salgas de la sala sin saber si ha habido abusos, o no. Pero esa es la magia del cine.


Comentarios
El otro día la vimos mi marido y yo, a él le pareció muy inoportuna con la que esta cayendo en EEUU con los curas católicos, y le pareció un intento de justificar la inocencia de estos. Yo por el contrario la enlacé más con la movida esta del papa de no permitir que los homosexuales sean sacerdotes (en realidad es que a mi no me quedó nada claro que el cura sea pederasta y no que simplemente sea homosexual y se identifique con el sufrimiento del niño y trate de ayudarlo) ¿Qué opinais los que la habeis visto?
"Se le encoge a uno el alma cuando, de higos a caracoles, aparecen noticias de esa vileza –como mínimo- que llaman pederastia. Tocó ayer estremecerse tras la lectura del informe presentado por el arzobispado de Dublín: se sospecha que 102 sacerdotes de esta archidiócesis irlandesa abusaron sexualmente de al menos 350 niños, desde 1940. La publicación de este documento honra a la diócesis dublinesa, honra a Diarmud Martin, su pastor, y honra a toda la iglesia católica; como la vergüenza de Boston, y de todo lugar donde se quiera silenciar semejante crimen, mancha no sólo a los criminales que lo cometieron, no únicamente al obispo que los encubrió, sino a toda la iglesia católica. Porque la transparencia no daña, sino que resulta sumamente beneficiosa para una institución que ha de iluminar en vez de ensombrecer. Como dijera el difunto Juan Pablo II, a causa de este gravísimo daño
“la Iglesia es vista con desconfianza, y muchos se han ofendido por la manera en que han percibido la acción los líderes de la Iglesia en esta materia”.
Cierto que sería necesario definir matices a la hora del mea culpa jerárquico, pues, aunque el delito (y el pecado) es siempre el mismo, con demasiada dolorosa frecuencia se han establecido grados, según haya sido cometido por heterosexuales (la inmensa mayoría de los pederastas) u homosexuales. Lo dejó claro en la primavera de 2002 el presidente de la Conferencia de Obispos de EEUU, monseñor Wilton Daniel Gregory, cuando, a raíz de los escándalos por abusos sexuales de sacerdotes católicos (mayoritariamente heterosexuales) estadounidenses, declaró olímpicamente que no permitiría que la Iglesia de EEUU fuera dominada por los homosexuales. Ahí es nada. O la desfachatez del cardenal de Chicago, monseñor Francis George, que se quedó tan pancho al afirmar, seguramente en un acceso de poca vergüenza:
“No es igual un monstruo como el padre Geoghan que engañaba a los niños para
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