Too fast, Fast Felson

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Su partida ha sido la crónica de una muerte anunciada, pero no quisimos creerlo. Cada desmentido de su enfermedad, aunque tapadera para espantar a paparazzis carroñeros de su relajado hogar en Westport, Connecticut, suponía una esperanza, falsa, por supuesto, para evitar creernos que nos guste o no, nadie es inmortal, en el sentido más ‘tangible’ de la palabra. Y es terrible, porque hay gente que debería tener derecho a vivir al menos mil años, y aún así, tras su marcha, dejarían un desolador hueco, sordo, cruel, para el que no existe ningún tipo de recambio.

Paul Newman ha muerto, y con él se han ido un padre, un esposo, un director, un actor, un hombre de negocios, un filántropo, uno de los nuestros o no, pero sin duda un icono gay, de cuando eso no era pan de cada día. Ya he cerrado la justificación para enviarle una entrada, in memoriam.

Newman fue de esos tipos, porque no era tan pretencioso como para andar por encima de esa categoría, que mucho antes que el nuevo ejército de salvación ecologista, encabezado por Bonos, Clooneys, Pitts y DiCaprios, abanderados de lo verde con un exceso de exhibicionismo de su presunto virtuosismo, a doble página a color en el Vanity Fair, usó su nombre para empujar conciencias hacia la solidaridad efectiva, física, palpable. Todo un ejemplo.

Estuvo en la lista de enemigos de Richard Nixon, algo de lo que siempre presumió, por ser molesto de cojones para la clase dirigente. Y estuvo ahí, siendo testigo de la Historia Viva, el 28 de Agosto de 1963, en el Lincoln Memorial, de Washington DC, cuando Martin Luther King Jr. anunció otra buena nueva, declamando un Sueño. Abrió las puertas a la alimentación ecológica, junto a su hija Nell, con Newman’s Own, cuyos beneficios íntegros han ido a parar, y seguirán yendo, a fundaciones en defensa de la infancia y la libertad de expresión. Hasta ahora, más de 220 millones de dólares han sido la herencia explícita y silenciosa del humanista, no del actor.

El actor nos regaló su rostro perfecto, el del más guapo de la Historia, el de unos luminosos ojos azules únicos, unos labios dibujados en un par de trazos sublimes, herencia de su mestizaje antepasado, una nariz perfecta, que empujó a la glotonería de Julie Andrews en sus primeros planos de ‘Cortina Rasgada’, de Alfred Hitchcock.

Newman, compañero de generación de Marlon Brando, Montgomery Clift y James Dean en el Actor’s Studio, era el último de los supervivientes de aquella gloriosa camada. Clift y Dean murieron demasiado jóvenes y sólo la fábrica íntima de sueños pueden dar forma a lo que habría sido de sus rostros y carreras de haberse convertido en octogenarios. Brando envejeció terriblemente, pasando de ser un actor milagroso y una bestia erótica a una irrespetuosa, consigo misma, masa de excesos, físicos y ególatras, sepultando todo ello, belleza y talento. Nuestro protagonista, sin embargo, mantuvo un físico excepcional, que hizo palidecer de envidia a las más recientes generaciones, hasta el punto de levantar aún suspiros de admiración en la simpática y conmovedora ‘Ni un pelo de tonto’, y su escrupuloso respeto por su profesión, que hizo de él un actor cada vez más afinado, como un puñetero Stradivarius de la voz y el gesto, que le acompañaron hasta su última aparición en pantalla, dando enjuta vida a John Rooney en ‘Camino a la Perdición’, que le supuso la última de sus muchas nominaciones al Oscar, o prestando su emocionante voz hecha jirones por el tabaco que acabó llevándoselo, en ‘Cars’, la propuesta más adulta de la factoría Pixar.

Sin embargo, cómo mentiros, el Newman que siempre quedará para póster de nuestros recuerdos es el del ángel caído Fast Felson de ‘El Buscavidas’, la asombrosa obra maestra de Robert Rossen, el cowboy miserable de ‘Hud’, o el semental sureño predibujado por William Faulkner en ‘El largo y cálido verano’.

Su amigo Robert Redford, otro comprometido de veras, con quien cabalgó hasta morir en la inolvidable ‘Dos hombres y un destino’, ha dejado una frase emocionada tras su muerte: ‘Hay un punto donde los sentimientos van más allá de las palabras’, y apurando y con el permiso del Señor Redford, otro auténtico caballero, más allá de las imágenes. Por eso, como remate, y si os apetece, de fondo musical al texto, no os dejo galería de imágenes, sino una canción, que se me antoja perfecta para una despedida.

Gracias por haber compartido el aire con nosotros, Paul Newman. Feliz viaje.

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