
Despertarse por la mañana temprano y encontrarse mullido entre dos almohadas y tu chico, no sólo no tiene precio, es un milagro por el que muchos darían media vida por vivir de esa forma la otra media. Hay pocas cosas más hermosas y ninguna más calmante en este Mundo que irse a dormir y desperezarse dando protección al ser amado que nos protege. Todo lo demás importa apenas un bledo.
La catarata de pequeñas, preciosas sensaciones que rompen al decir hasta más tarde al sueño, incluyen la indescriptible de advertir el aroma de la piel de tu amigo, tu compañero, tu cómplice, tu novio, tu amante, tu esposo. En un mundo de pequeños inventos ideales, en una pequeña capsulita colgada al cuello, llevarías su esencia las horas descontadas del resto del día como bálsamo de las periódicas agonías.
Para combatir los vahos de aliñes urbanos o desaliñes de mala baba, los malos hábitos y desmadejadas compañías no habría mejor remedio, y en realidad no lo hay para este lenitivo que puede obtenerse sin más receta que la templanza, la entrega y el mimo. Sólo por ese delirante valor añadido, vale la pena levantarse acompañado cada mañana.