En toda la boca

en la boca

Salieron del restaurante al borde de la medianoche. En la mesa, hablaron con pasión de las cosechas mutuas, que habían sido las mejores cosechas. Discutieron fervorosamente sobre las texturas de cada uno de los vinos con que hicieron maridaje durante la cena. Acacia, regaliz, heno, resma, creta, miel y mantequilla.

Del hamachi crudo con trufa negra de Invierno a la olla de langosta de Maine con tomates asados. Del sorbete de pistacho con sésamo tostado sobre leche de menta al yogur cuajado rasgado con virutas de chocolate.

Al doblar la esquina, se comieron la boca. A la luz dorada de la lámpara térmica se fundieron en un beso apasionado que habían estado pidiendo a gritos callados durante toda la velada. Sabor a saliva fresca y licor de almendras amargas. Pasaron tres o cuatro parejas, pero se negaron a evitar seguir besándose impacientemente, queriendo aproximarse, sin poder, al coche.

Con premura entraron en él. Desde el incómodo puesto del conductor, el uno se abalanzó sobre el otro, devorando sus jugosos labios pálidos y bajando al cuello descubriendo con la lengua las capas de perfume que había estado advirtiendo toda la noche. Nuez y almizcle, madera húmeda, madreselva. Con una mano su amante le agarró la cabeza de pelo crespo y subiéndola a su altura, se mordió el labio inferior de vicio con los ansiosos ojos dorados del festivo amante. Su aliento le subió por la nariz como un morboso aperitivo a un apasionado beso con banda sonora tronera.

Tomaron carretera. Las siete millas hasta la casa de la colina se iban a hacer eternas. Conduciendo, el conductor le entregó una de sus manos a su amante que la acarició con el envés de la lengua. Brezo, encina, hierbabuena.

Tras abrirle la bragueta, se agazapó cubriendo el pene con la cabeza. Olisqueando su esencia, acarició con los labios la pequeña cabeza y la entró hasta el fondo. Tonka. El éxtasis húmedo provocado por su amante le hizo deslizarse en eses por su lado de la carretera. Un coche patrulla avizor les picó las luces que les devolvieron a la realidad hasta el inicio de la ladera. Cuesta arriba, sin stops, ni semáforos ni pasos de cebra, cedro, ciprés, eucalipto, el copiloto, brasileño de corta rubia cabellera, continuó con el agasajo a su compañero en la entrepierna.

Una vez entrado el coche en el garaje y cerrada la puerta, el conductor le subió al otro la cabeza y se abalanzó sobre él y su boca con fuerza, rebañando a lengüetazos su cara morena. Con el hambre a piel despeñado, camisas fuera, salieron del coche y dándole a su amante la vuelta, el del pelo crespo bajó al otro los pantalones, le abrió las piernas y agachándose, sándalo, vainilla, chocolate, canela, le comió el culo, con labios, dientes y lengua. El rubio, enloquecido, se dió la vuelta y agachándose frente al otro, empujándolo contra una puerta, le comió la verga.

El del pelo oscuro echó hacia atrás la cabeza. El ritmo de la mamada aumentó, y la destreza, el jadeo entrecortado, la baba en la entrepierna, los gluteos prietos, la carne erecta, y cuando el abdomen se tensó por estar a punto de esperma, preguntó al carioca:‘¿En el pecho?, ¿en la cara?’. ‘No’, dijo el otro, ‘en toda la boca.’

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