La exasperante calma de los bares de lesbianas

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Si somos sinceras con nosotras mismas debemos admitir que entre los bares de heterosexuales, gays y lesbianas, donde se liga menos es en los bares lésbicos.

Cuando vas a una bar gay con tus amigos, si no quieres perderte lo que va a suceder esa noche, tienes prohibido pestañear porque si lo haces no habrás visto esa mirada furtiva que consigue que 20 segundos después tu amigo tenga la lengua dentro de la boca de otro chico intentando alcanzarle la campanilla –o esa es la sensación que da desde lejos-. Siempre he envidiado la inmediatez de los gays.

En cambio cuando entras por tercera semana consecutiva al mismo bar de lesbianas tienes la ya clásica sensación de deja vu. Allí están las mismas chicas, en el mismo lugar del bar, tomando las mismas copas y hablando con las mismas amigas. Nada ha cambiado. Nadie ha ligado.

Evidentemente hay leves variantes dependiendo de la ciudad –en Madrid se observa más movimiento que en Barcelona- pero la situación normal es desesperante, tanto, que las pocas lesbianas que se deciden a dar el primer paso –que por suerte cada vez son más- tienen muchas posibilidades de conseguir a la chica –aunque sólo sea por recompensar tanta osadía-.

Lo normal es que desde tu puesto de observadora privilegiada veas como una chica se mira a otra con cara de querer morderle el labio –no especificaremos cuál- pero, en vez de hacérselo saber, las más de las veces, cuando detecte la mirada de la otra, girará la cara con disimulo para que su objeto del deseo no se dé cuenta de que le gusta. El problema viene cuando ves que el otro bando actúa de la misma manera y que esa absurda situación puede perpetuarse hasta el fin de los tiempos.

Cuando te suceden a ti este tipo de situaciones tienes dos soluciones clásicas: pedirte una copa bien cargada, hacer acopio de valentía y lanzarse al vacío por si hay suerte; o hacer algo menos doloroso, es decir, pedirle a un amigo gay que te acompañe esa noche para que empiece a hablar con la chica que te gusta, como por casualidad, para luego presentártela y tener, como mínimo, un punto de partida.

Por esta razón no es de extrañar ver parejas de lesbianas dejar agonizar sus relaciones más allá de lo que es sano. Sólo con recordar las dificultades para encontrar pareja, muchas se contentan con lo que tienen. Pero este es otro tema, los bollodramas y las rupturas inacabables los dejamos para otro día.

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