Mi madre aún conserva en casa los discos en vinilo de Pepe Da Rosa, un divertidísimo humorista andaluz que murió antes de que los papis de la mitad de nuestros lectores hubieran tenido el gusto de conocerse. De renacuajo, de entre las historias que contaba, mi favorita era una llamada ‘La buena secretaria y la secretaria buena‘.
La buena secretaria era básicamente aquella tía profesional, eficaz, con iniciativa, que había llegado a ser mano derecha de su jefe a base de títulos y esfuerzo. La secretaria buena era la que se había ganado el puesto a base de desengrasar el joystick del jefe básicamente. Las dos tenían su mérito, cómo no.
Hace un par de meses, me quedé de piedra antes de partírseme la caja de la risa, cuando supe que ese lerdo integral, guapo como el demonio pero torpón hasta ponerle velas a la Virgen, que tenemos como segundo en la empresa, va sobrado de razones para estar donde está. El chaval es el activo amante del jefe. Es su particular secretaria buena.
El jefe está casado y su mujer es un florero que le acompaña de cena en cena. Hablar habla poco, pero es mona y luce de miedo en las fotos, tiene un nombre divino y su estatus social devora las ambiciones más perseguidas. El jefe, por otro lado, es delicado en las maneras, y aunque nunca ha sabido encontrar el mejor corte para su ensortijado pelo, no se le puede negar una brillante disposición a vestir impecable y una mayor sabiduría que su esposa para la caída de ojos.
El secretario bueno fue a cambiar una bombilla rota el otro día sin bajar la palanca. Agarrando el cable pelado, salió despedido hacia atrás. Por pura chiripa o porque Dios es grande, el peor resultado fue que del hombro para abajo, como una marioneta de hilo roto, no pudo hacer el menor movimiento con el brazo durante al menos veinte minutos. Me dí cuenta entonces más que nunca, que donde no hay, no habrá.
Otro compañero de la oficina, conocido por su roñería, cuando toca pagar al irnos de vez en cuando por ahí de farra, me dijo que le envidiaba, y que en su caso habría hecho lo mismo, de tener opciones y de gustarle los hombres. Yo le conté que opciones yo las tuve, no con este jefe ni con esta empresa, pero me pudieron más las ganas de subir los escalones yo solito. No lo entendió, y de un trago, se bebió entera su segunda copa.
Hace unos días supimos que el jefe se va de la empresa para irse a vivir algo más al Sur, cerca de donde la familia de su esposa, vive. Ha debido meterse en un curso de esos donde te desmariconizas, si es que es cierto que su mujer es ahora su principal objeto de deseo. La secretaria buena no se va con él. O se rompió el amor o va a ser verdad que la terapia le aclaró al del pelo ensortijado sus ideas.
Ante la duda de quien ocuparía ahora el puesto del jefe, rumores llegan de que su ex amante se sentará ahora en el trono. Por fortuna, a este lado del Atlántico Norte, los nubarrones imposibles de la crisis han dado paso a una soportable niebla, y ya no dependemos de las decisiones estratégicas de una cabeza bien puesta para sortear los peores obstáculos financieros. Así y todo, le rezo a San Francisco todos los días para que la secretaria buena se aficione a delegar responsabilidades mientras quizás otro más dotados de neuronas le van haciendo la colada, que él, con poner la cara, tiene.
Quizás, desde su puesto de poder, la a partir de ya, ex secretaria, encuentre a alguien que por comer con cubiertos de plata, le quiera sacar lustre al mazapán de su entrepierna.
Mientras, mi jefa inmediata, que es la tercera en la empresa, una lesbiana cojonuda de carácter envidiable, sin pedirme que le rebañe el caldo ni le baile el agua porque sabe que no lamo más culo que el del cowboy enamorado, me está haciendo subir esos escalones que ansío por ser buena secretaria, y yo, vuelvo a darme la razón que a menudo, los precipitados o avariciosos, me quitan, cuando me digo, una y mil veces que el Cielo, el de verdad, es sólo privilegio de los luchadores, porque a las secretarias buenas, de una patada en su frágil escalera, los mandas de cabeza a la caldera.



Comentarios
Lindo, muy cierto además. Me quedo con el cielo, el de verdad es solo privilegio de los luchadores...
¡Que bueno Pepe Da Rosa! Tienes razón, lo logrado con esfuerzo se saborea mejor ;)
ZAS! buenísimo, y genialmente contado XDD
Yo si me liara con mi jefe seria porque me pone burro de verdad y yo a él, pero no por ascender sin méritos. Me gusta ganarme yo las cosas. Y es cierto, el cielo es solo para los luchadores
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