No olvidéis Santa Cruz

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Monumento al surfer

Hace dos días me tropecé con una pareja de Barcelona que se alegraron al escuchar dos mesas más allá de la suya, mientras cenaban, un ‘bona nit‘, una vez reconocí que hablaban catalán entre ellos. Contaron que llevaban dos días en San Francisco. De ahí partirían al Parque Yosemite, Las Vegas, Grand Canyon y vuelta a California para pasar dos últimos días en Los Angeles. No me sorprendió demasiado. En realidad casi cada turista español al que he saludado por aquí, venía con un paquete de vacaciones similar. Les dije lo que suelo decirles a todos: ‘La próxima vez que vengáis a California, tomáos al menos dos semanas y haced la ruta de la Costa. Del norte, desde los límites montañosos con Obregón Oregón, hasta San Diego, a menos de una hora de la frontera con México.’.

Claro que para los amigos de no tantos excesos, reduzco la propuesta: ‘De San Francisco a Los Angeles por la 1, y no dejéis de hacer paradas en Santa Cruz, Carmel y Santa Barbara‘.

De Santa Barbara os hablé en una ocasión. Es sobrecogedoramente hermosa y tíos buenos hay para ir tropezándose con una farola sí y otra también. Hoy os hablaré de mi otro paraíso particular, al que vuelvo sin más excusa de disfrutar de una de las pequeñas ciudades más bonitas de este país, Santa Cruz, apenas a dos horas al sur de San Francisco. No os quejéis si aquí también, os váis partiendo los piños mientras se os van los ojos por los veinteañeros pillaolas. Os lo advierto, aunque no se me ocurriría llamaros la atención por ello.

Al igual que Santa Barbara, Santa Cruz es una pequeña ciudad universitaria, paso obligado de los turistas que sí conocen la zona, e histórico núcleo de activismo social progresista. Fue una de las primeras ciudades que aprobó la legalización de la marihuana con fines terapéuticos, la primera ciudad de los Estados Unidos que condenó públicamente la Invasión de Irak y es sede de la imprescindible Santa Cruz AIDS Project, una de las más antiguas asociaciones sin ánimo de lucro de apoyo a las víctimas del SIDA, con casi 25 años de historia. No es poco, precisamente, para una ciudad de menos de 60.000 habitantes.

Con un parque de atracciones con cerca de 90 años en primera línea de playa y un paisaje que mira al mar, en que se intercalan dramáticos acantilados coronados por centenarias casas victorianas con calas y playa de fina arena, además de la colorista Pacific Avenue, arteria principal de la ciudad, Santa Cruz presume de ser también la cuna californiana del surf, desde que en 1885, tres príncipes hawaiianos decidieran enseñar a los chicos de aquí como hacerse dueños de las olas. No es casualidad que la firma de ropa deportiva O’Neill tenga su sede en Santa Cruz. Además sus habitantes son adictos a los deportes al aire libre. Casi en cualquier momento es fácil encontrar, cara al océano, decenas de ellos, practicando ciclismo, skateboarding, o simplemente caminando. Los santacruceros viven su ciudad en la calle, sin ninguna duda.

No es sorprendente entonces, teniendo en cuenta las excelentes temperaturas que reinan en este lugar de la costa, que rara vez bajan de los 14 o suben de los 24, encontrarse constantemente, en grupos o en solitario a gente guapa de verdad, acantilado arriba o avenida abajo en shorts y sin camisa, luciendo algunos de los cuerpos más asombrosos al sur de la Bahía de San Francisco. Para amantes del voyeurismo, descarado o fragilón, advertidos quedáis.

Para aquellos de tripa floja será toda una motivación para quitar el pan de la dieta e invertir en el gimnasio. Para los que se dan los buenos días con dos arrugas más que hace nada apenas habían tenido el gusto de conocer, el sueño perfecto de Thomas Mann. Para cualquier otro, la confirmación de que el Cielo en la Tierra existe, y para los más afortunados que pasaron del cruce de miradas al intercambio de intimidades, el motivo primero por el que su visita a Santa Cruz, resultó ser para siempre, inolvidable.

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