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kiss

Hemos llegado a ese punto del año en el que abundan las cenas de empresas, de clases y de amigos; reuniones de todo tipo en las que un grupo de asistentes de lo más variopinto comparte mesa alrededor de algún tema más o menos casual y común.

Me encontraba en una de estas con 20 comensales de los que tres éramos lesbianas. Como hacía mucho que no nos veíamos, nos sentamos juntas para poder charlar alegremente de nuestras cosas. Terrible error. A nuestro alrededor se sentaron algunos chicos heterosexuales a los que nuestra conversación les pareció de lo más fascinante y llegamos a un punto en el que uno de ellos decidió que debía aportar su granito de arena.

Disponer de opiniones externas siempre es enriquecedor, pero cuando un chico hetero te suelta con ganas de mosquearte “Eso es que no has estado con el chico adecuado”, pueden suceder muchas cosas. Y esa noche sucedieron.

Sacando humo por las orejas –más bien harta de escuchar siempre lo mismo, y como había confianza- no se me ocurrió otra cosa que soltarle: “Te equivocas. Ningún chico puede superar al sexo lésbico. Sólo te diré una cosa: tres horas” –chicas, me permito algunas licencias-. Y la lié.

Se hizo el silencio, toda la mesa quería explicaciones. Querían saber cómo. Si era así siempre. Si podía ser más. Si podía ser menos. Y cómo podía ser tanto. Empezaron a mirarnos a las tres como a diosas del sexo y, debo admitir, que días después siguen haciendo preguntas que evidentemente no vamos a contestar.

Ellos se quedaron totalmente traumatizados y abatidos. Ellas con ganas de saber –o de explorar- y nosotras tres con una sonrisa maliciosa que todavía persiste.

En Ambiente G | La exasperante calma de los bares de lesbianas

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