Iaan Mckellen

De vez en cuando, el cielo de la pantalla de cine se abre y vemos un amanecer puro que nos sobrecoge con su sencillamente indefinible belleza. En 1998 Bill Condon hizo de la sencillez catarata de emociones, haciendo brotar de los últimos días de un director maldito, James Whale, un decisivo poema fílmico que se instaló para siempre en el más exquisito rincón de nuestra memoria cinematográfica.

Ian McKellen, metiéndose en la piel de Whale nos regala una exquisita representación de un genio enclaustrado en una homosexualidad marchita de la que quisiera escapar, pero en la que haya consuelo gracias a la inesperada intervención de un jardinero con apariencia de Dios y sin ninguna vocación de ser monstruo de nadie.

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