No os voy a engañar: cuando se presentó la oportunidad de conocer Israel, no me lo pensé dos veces. La verdad es que sobre el papel, no estaba entre mi top de destinos más que nada por cuestión de seguridad y prejuicios, pero a día de hoy me parece una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido, y ojo, no sólo por la fiesta del fantástico y colorido orgullo de Tel-Aviv, sino porque simplemente Israel es un país espectacular.

Israel es el único país de Oriente Medio en el que las uniones civiles y la adopción conjunta es legal y donde en general no van a mirarte mal por ir de la mano con tu pareja, eso sí, les queda un largo trecho por recorrer. Israel constituye todo un crisol demográfico y cultural cuyo equilibrio a veces parece simplemente imposible, y sin embargo, existe.

Tel Aviv

Mi viaje comenzó en la increíblemente abierta y tolerante Tel Aviv, la ciudad más abierta y tolerante del estado israelí. Tel Aviv se encuentra imbuida de ese espíritu mediterráneo abierto y acogedor, orientado al ocio y al turismo. Como tal, podemos encontrar una gran cantidad de bares, clubs nocturnos, restaurantes que combinan la esencia de oriente medio con occidente.

Y es que a veces por sus calles puedes sentir un leve deja-vu que te induce a pensar que estás por el casco viejo de Barcelona, eso sí, su arquitectura es mucho más heterogénea, combinando edificios cristianos, judíos, musulmanes y yendo un paso más allá: rascacielos entre mezclados con construcciones rudimentarias.

Aunque Tel Aviv es una ciudad en la que conviven hebreos, cristianos y musulmanes –como en todo el país — la esencia de la ciudad es tremendamente liberal y a pesar de que como en el resto del país, estado y religión van de la mano, es complicado encontrar extremos. Vamos, que recuerdan bastante a la mayoría cristiana no practicante española.

Tel Aviv es siempre una buena idea. A su casi infinita alternativa de ocio y cultura durante las 24 horas se une otra razón de peso: una larga playa de arena fina y agua cristalina que vas a encontrar irresistible.

Mar Muerto

De camino a Jerusalén, la parada en el Mar Muerto era obligatoria. Con un calor abrasador y 422 metros por debajo del nivel del mar llegamos a un lugar onírico en el que el horizonte con las dunas de arena y la sal se pierde en el agua transparente y el azul claro casi blanco del cielo.

Da igual que hayas visto tropecientos coches como cuando te escapas de finde a Benidorm, en el Mar Muerto la sensación es de soledad pura, de vacío, de estar en medio de la nada y donde además parece que se detuviera el tiempo. Se detiene el tiempo pero eso sí, a los 20 minutos sal del agua. Y lleva sandalias para el agua.

Jerusalén

Aunque Tel Aviv sea la ciudad gay friendly por excelencia, Jerusalén es un must porque simplemente, es la ciudad santa donde confluyen las bases de la religión cristiana, hebrea y musulmana y eso lleva consigo un despliegue brutal de vestigios arquitectónicos y diferentes ambientes. Quieras que no seguro que te resulta interesante visitar esos lugares que siempre has oído al cura como “El monte de los olivos” o “Getsemani”.

Su centro es espectacular y podemos encontrarnos rodeados de gente de lo más variada, pero es que además es cuestión de dar la vuelta a la esquina para pasar de una zona de lo más cosmopolita, occidental y juvenil y darnos de bruces con un grupo de judíos ortodoxos con su vestimenta típica, o un precioso mercadillo árabe.

Mención especial merece su parte vieja o Old city, rodeada por una muralla y dividida en la zona musulmana, cristiana, armenia y judía, donde en apenas unos pocos metros cuadrados puedes ver los templos más relevantes de las tres religiones.

En definitiva, si buscas un destino de viaje distinto, que combine ocio, playa y fiesta con una abrumadora carga cultural y espiritual, tienes que probar Israel.


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