
En su edición de ayer, el diario barcelonés La Vanguardia informaba que la Fiscalía iraní pedía la pena de muerte para Husein Derajshan, el bloguero más influyente de Irán. Y no imaginéis que este hombre es un temible asesino. Simplemente, es un bloguero que lleva 22 meses en prisión, acusado de antirrevolucionario por instar a sus compatriotras a abrir sitios en internet desde los que luchar contra el régimen del presidente iraní Ahmadineyad. Y por ello, la justicia iraní lo quiere condenar a morir en la horca.
Un presidente que está llevando a Irán hacia el fascismo más terrible, en un país que ha ejecutado a nada más y nada menos que a 4.000 personas por el mero hecho de ser gays. Aunque de eso, lamentablemente, no hablen nunca los grandes medios de comunicación, ni esté en la agenda de los políticos más importantes del mundo.
Hace algunos años, Ahmadineyad afirmaba orgulloso que en Irán no había gays. Y en parte, algo de razón tenía, ya que todos deben estar en el fondo del armario más profundo si quieren evitar ser colgados de una grua, como les ha pasado a esos 4.000 desgraciados que han perdido la vida por ser como son.
Pero estos 4.000 gays no son las únicas víctimas de este régimen. El año pasado, el régimen iraní ejecutó a 350 personas. Ahorcados por una grua, o metidos en un saco que es arrojado por un precipicio en el caso de muchos gays, o cruelmente lapidadas en el caso de las mujeres que han sido descubiertas engañando a sus maridos.
Y para silenciar estos asesinatos represivos y encubiertos por la justicia iraní, el régimen de Ahmadineyad ha cerrado una treintena de periódicos. Tiene detenidos en su cárceles a más de un centenar de periodistas. Tiene bloqueados más de 5 millones de webs. Persigue a los abogados que se atreven a defender a los acusados, y da pucherazos para mantenerse en el poder, pese a la protestas y caceroladas de cientos de miles de iraníes que claman justicia y libertad frente a la opresión del régimen. Unas protestas que han sido duramente reprimidas por las fuerzas de seguridad leales a Ahmadineyad, con cargas policiales y con detenciones a miembros de la oposición.
Pero de esas cosas, y entre ellas, de los cientos de gays ajusticiados, parece que nadie se acuerda. Obama y el resto de líderes occidentales sólo nombran a Irán para hablar de la supuesta bomba atómica que dicen que está construyendo el país. Pero casi nadie habla de las miles de víctimas que el régimen está dejando detrás de sí.
Ni los políticos occidentales, ni muchos medios de comunicación, más allá de un breve o de un pequeño comentario, ni mucho menos los dirigentes de países como Brasil o Turquía, deseosos de hacerse un hueco en el mundo aunque para ello tengan que pactar con alguien de la calaña de Ahmadineyad, cuyo objetivo máximo es borrar a Israel del mapa, o eliminar a los homosexuales que atentan contra la moral del país y manchan el honor de la República Islámica.
Será el petróleo, tan necesario para Occidente. O será que a determinadas potencias les interesa mantener un enemigo frente a ellas para mantener la tensión y poder recurrir al enemigo exterior en caso de problemas internos, tal y como ha sucedido en decenas de ocasiones desde que el mundo es mundo.
Pero el caso es que Irán sigue saltándose a la torera los derechos humanos más elementales sin que nadie abra la boca. A fin de cuentas, si hemos de pegarnos con Irán, que sea por una bomba atómica, aunque por el camino, el régimen de Ahmadineyad haya dejado a miles de víctimas de las que parece que sólo se preocupan cuatro organizaciones no gubernamentales.
En Ambiente G I Irán condena a muerte a otro gay