No digas que fue un sueño

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Sueno

Celebramos que hemos ganado la Guerra. Eso celebramos. Quedan porciones del territorio por conquistar. Rebeldes, esquirlas de vetustas piezas de cañón que insisten en que estamos en el bando de las almas perdidas, patalean y se apiñan más escandalosamente que nunca. No hay mayor perdedor que aquel que continúa creyéndose enorme cuando la apisonadora del sentido común, les pasa por encima. O el lobby gay, como dicen algunos. Lo que sea.

De las revueltas de Stonewall, o mucho antes aún, la prisión para los escandalosos sodomitas, castigos bíblicos de descarnadas eternidades ardiendo en el eterno fuego de Belcebú, los campos de exterminio, humillaciones, torturas, asesinatos y suicidios consecuencia de una sociedad intolerante e intolerable. Tratamientos de recuperación, inyecciones de hormonas, adoctrinamiento con penitencia de castidad perpetua a la sombra de la cruz. Nuestro pasado común, que nos afecta a todos y que ninguno debe olvidar, porque pese a la Victoria, continúan hermanos nuestros padeciendo bajo el yugo de regímenes e instituciones dominadas por hediondas filosofías y corrientes de des-pensamiento.

Celebramos el Orgullo Gay sabiendo que el mundo entero nos está aceptando y que la integración social y política está generando una membrana que recoge empatía y créditos no para una causa, que en realidad nunca hemos abanderado, sino por la realidad que construye el cómo somos y el cómo interactuamos con todo lo que nos rodea. La última batalla por los derechos civiles se está derrollando a una velocidad vertiginosa en pocos años. Apenas cinco atrás, era una rareza y subirse a nuestro carro, motivo de idiotas y aburridas especulaciones. Hoy ya no lo es. Hoy es cool. Hoy es un ‘must’. En el llamado Primer Mundo, los que tiraban del carro se quedan detrás, rezagados, pasmados, agarrados a los badajos de las campanas sostenidas por las sotanas polvorientas que no tienen idea de cómo parar, porque no pueden hacerlo, el movimiento que se genera dentro de sus propias iglesias. Voces críticas de religiosos y religiosas y una marea incontrolable de teólogos y fieles, recurren cada vez más a la máxima del ‘Ama y haz lo que quieras.’

La visibilidad y normalización son tan contagiosas como la gripe y absolutamente benignas para todo el que se integra, nosotros y todos los demás, cuya perspectiva, en muchos casos, sobre nuestra identidad sexual, estuvo tan distorsionada por las voces consonantes, que viendo y conviviendo con cómo realmente somos, conocen la verdadera versión de nuestra historia, dejando atrás unos argumentos que no tenían más atril que el del puro esperpento.

Celebramos que nos casamos o estamos a un paso de hacerlo. Celebramos que esputarnos maricón a la cara ya no sea afición de multitudes sino patético improperio de unos pocos. Celebramos que vamos por la calle de la mano y no vienen los grises por detrás a molernos a palos. Celebramos porque estamos viéndonos sobrados de motivos para celebrarlo.

La Guerra está ganada. No hay marcha atrás, no nos pueden pillar ya por sorpresa y quitarnos lo puesto. Ya está. Pero las batallas por ganar aún son muchas. En los llamados Segundo y Tercer Mundo van de despotricar a los sarasas a asesinarlos. En el Primero, hay jóvenes que se quitan la vida cada año acosados en las escuelas y en Internet. Por la criminalización del acoso, hay que seguir luchando, por ejercer presión frente a las instituciones internacionales, organismos públicos y ong’s para que peleen cada pedazo de equilibrio social donde hay desequilibrio en los países que aún toleran y aplauden lo intolerable, es del todo imprescindible. Nuestra Victoria sirve de poco si nos da fuerza sólo para la alegría. Además, nos otorga energía que debemos usar sin descanso para que en cada país de nuestro entorno, el Matrimonio Igualitario sea una realidad perenne y no haya un alma, en ningún otro lugar de nuestro pequeño planeta que se sienta desamparada por aquellos que un día pensamos que nuestros motivos para celebrar sólo podían ser reales en sueños.

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