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Hoy hace nada más y nada menos que cinco años desde que las deslumbrantes mentes del Partido Popular decidieron apostar por la vía del conservadurismo más rancio, y presentaron de forma inexplicable un recurso de inconstitucionalidad contra la recién aprobada ley del matrimonio homosexual.

El recurso ante el Tribunal Constitucional, al que por cierto, ya le vale también con la lentitud en este y en otros procesos (léase el Estatut de Cataluña) sigue abierto, y con un futuro incierto pase lo que pase para el Partido Popular, metido en un callejón del que no se sabe muy bien como saldrá.

Llegado el caso, si el Tribunal Constitucional determina que el matrimonio homosexual es constitucional, el Partido Popular se quedaría en bragas, cinco años después de que interpusiera el recurso, dado la razón al sentir mayoritario de la sociedad española, y en especial, a las organizaciones y a los ciudadanos LGBT.

Por otro lado, en caso de que el Constitucional determine que el matrimonio entre personas del mismo sexo es inconstitucional, ¿que sucedería con los miles de matrimonios gays que ya se han celebrado en España? ¿Se disolverían, jugando con las vidas y con la felicidad de los miles de ciudadanos LGBT que se han casado, y de todos sus familiares y amigos? ¿En que estatus legal quedarían? ¿Y como se resolvería la frustración que se generaría en parte importante de la sociedad española?

Demasiadas preguntas abiertas para un tema que nunca debió plantearse. Lo único que queda claro es que si el Tribunal determina que el matrimonio gay es inconstitucional, la imagen del Partido Popular como partido centrista y con opciones de gobierno quedaría seriamente dañada.

A fin de cuentas, y a pesar de los cantos de sirena que preconizaban el hudimiento de la sociedad por el fin de la familia tradicional, la familia en España sigue como siempre. Y si hay familias que se rompen, no es precisamente por la existencia de nuevos tipos de familia, sino por otros problemas muy diferentes. Al contrario, la ley del matrimonio gay reguló un tipo de familia que ya existía, pero que necesitaba el reconocimiento legal, y ha contribuido al reforzamiento de la figura familiar en sus más diversas opciones.

España ha cambiado mucho, y en apenas una década, la normalización se ha extendido por toda la sociedad española. De hecho, somos muchos los cientos de miles de gays que hemos salido del armario y que trabajamos como periodistas, políticos, peones de obra, dependientes o abogados, y que hemos contribuido a desmitificar los estererotipos más casposos, dando una imagen de normalidad tanto en nuestros trabajos como en nuestro círculo privado.

Y en este sentido, las parejas LGBT se han hecho un hueco importante en esta sociedad. Un hueco que será muy difícil desmontar, más que le pese a ciertos sectores del PP. Y las cifras en este sentido, cantan, con encuestas que afirman que el 70% de los ciudadanos españoles apoyan el matrimonio homosexual.

Por eso, en este callejón sin salida en el que el PP está metido, las gentes de Rajoy y compañía deberían retirar el recurso. Sobre todo, si quieren ofrecer una imagen centrista para alcanzar la Moncloa en las próximas elecciones generales.

A fin de cuentas, a nadie se le escapa lo mal que está la economía, y que muchos ciudadanos que en las pasadas elecciones votaron al PSOE, podrían votar al Partido Popular en las próximas elecciones si abandonara sus posiciones más conservadoras y casposas (en esta y en otras materias) y se transformara en un partido de centro derecha al estilo de los que existen en el norte de Europa, en países donde la propia derecha apoya los derechos de sus conciudadanos LGBT. Hasta los conservadores británicos están girando hacia el centro en materia de derechos LGBT, mientras sus compañeros del ruedo ibérico siguen anclados en el más rancio pasado.

Porque esa es otra. La imagen internacional de España, esa de la que tanto dicen preocuparse desde las filas del PP, quedaría seriamente dañada en caso de que el Tribunal declarase inconstitucional el matrimonio gay. España, que se situó a la cabeza de los países que igualaron los derechos de todos sus ciudadanos y que ha servido de ejemplo para muchos países, ofrecería una imagen de ridículo absoluto ante el resto de sus socios europeos, y ante el conjunto del mundo si de repente se ilegaliza el matrimonio homosexual.

Los tiempos cambian, las situaciones evolucionan, y en esta dinámica, el Partido Popular debería hacer lo mismo, para dar imagen de que es un partido moderno que puede aspirar a gobernar España. Además, así también respondería a las aspiraciones de buena parte de su base electoral. A pesar de la imagen de sus líderes, conozco a un buen puñado ya no de votantes, sino de militantes e incluso de cargos públicos de este partido que apuestan por la igualdad LGBT, y que además lo demuestran día a día en su entorno más cercano con la más absoluta normalidad.

Pero ese cambio, tiene que llegar a la cúpula, y en especial, a sus políticas. Si fueran listos, y por sus propias aspiraciones, el Partido Popular debería retirar el recurso y dar una imagen de centrismo que a buen seguro le daría un buen puñado de votos de gente a los que todavía les da miedo votar a un partido escorado a la derecha, aunque piensen que la situación económica requiera un cambio urgente en el Gobierno español. A fin de cuentas, las clases medias, alejadas de los extremismos de unos y de otros, son las que hacen oscilar la balanza hacia el PSOE o hacia el PP, dependiendo de como está la situación.

Pero está visto que Mariano Rajoy no está por la labor, y que seguirá languidenciendo con su liderazgo en sus prentensiones por llegar a la Moncloa. Por la situación económica, lo deberían tener más fácil que nunca, pero a la vez, y por sus propios errores, no consiguen despegar del todo en las encuestas. Por algo será…


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