Intolerancia LGTB: el enemigo en casa

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Estoy cansado. Cansado de que los propios gays califiquen a otros semejantes de no aptos para dar la cara públicamente porque dan mala imagen del colectivo. Cansado. Y mucho.

Cansado porque con esto de que cada vez estamos más normalizados, hay muchos homosexuales que sólo dan por bueno el tipo de gay mimetizado con los heteros. Esto es, que no llama la atención por tener pluma o hacer pública de manera ostentosa su condición sexual. Porque claro, los heteros pueden pensar que todo el monte es orégano y eso da mucho miedito.

Estas actitudes son herencia de la obligada etapa en el armario. De cuando nos daba pavor que se supiera que éramos gays y mirábamos con recelo a la mariquita del pueblo, que llevaba camisa de flores y movía el culo por la plaza, no fuera a ser que abriera la puerta del ropero y nos sacara de una patada.

Confusión. Eso es lo que hay. Se confunde normalización con mimetización. Cuando salí del armario quería que la sociedad me aceptara tal y como soy y, por ende, poder comportarme libremente en todo momento y con los mismos derechos que cualquier otro español. Eso es normalización.

Pero hay muchos que optan por mimetizarse, es decir, convertirse en un hetero más a los ojos de éstos. En definitiva, dejar de ser lo que uno es para convertirse en “normal”, término peligroso donde los haya. Y oye, opción respetable como otra cualquiera, siempre que en esa mimetización no se incluya lo de coger las piedras del camino y tirárselas a los gays que optan por el plumerío o que, simplemente, les sale de forma natural.

¡Cuánto daño ha hecho Boris Izaguirre al colectivo! Daño. Manda cojones. Como si Boris no hubiese contribuido más que nadie en nuestro país a demostrar que se puede uno bajar los pantalones y hablar de frivolidades, al mismo tiempo que se es un escritor serio.

Preferimos que nuestra televisión esté llena de Jesús Vázquez, el para muchos gay perfecto: guapo, comedido, casado, solidario y correctísimo en sus formas. Como si tampoco hubiese demostrado que se puede ser todo eso mientras presenta un programa y una petarda en otras situaciones.

Tanto Boris como Jesús tienen la libertad de ser como quieren ser o como sus personajes televisivos les dejan. Ni uno es mejor gay que el otro, ni el otro que el uno. Simplemente por unas determinadas circunstancias fueron pioneros en nuestro país en eso de mostrar su homosexualidad en los medios de comunicación. Y aunque cada uno de ellos lo ha hecho de forma diferente, ambos han contribuido a nuestra normalización mucho más que todos los políticos.

Ahora, mientras que los gays mimetizados aplauden a Jesús y apedrean a Boris, las mariquitas, las que de toda la vida en el pueblo han sido víctimas de insultos porque llevaban camisas de flores y movían el culo por la plaza, no sólo tienen que huir de los prejuicios de los heteros intolerantes, sino que también tienen que esquivar las pedradas de los gays mimetizados, cuyo mimetismo no es solo social, sino también en intolerancia.

Prefiero, sin duda, a los gays libres, antes que a los mimetizados. Porque estos sí que nos hacen daño al colectivo.

Seamos libres y tolerantes, caballeros. Libres para que cada uno pueda ser como es. Tolerantes para aceptar al de al lado que, al final, no suele ser mucho peor ni mejor que uno mismo. Y, sobre todo, encarguémonos cada uno de dar la imagen que queremos de nosotros mismos y dejemos de discriminar a la mariquita que lleva camisas de flores y mueve el culo por la plaza. Porque además de que todos llevamos una dentro, debe de estar hasta los cojones.

Nota: En el vídeo que ilustra este post, podéis ver a Boris Izaguirre en sus comienzos en Crónicas Marcianas. Sí, en todo su esplendor, aunque le den picores a muchos.

En Ambiente G | Sí a la pluma | Orgullo Gay, ¿y por qué no?

Vídeo | Youtube

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