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matrimonios

No me gustan los eufemismos. Las cosas tienen un nombre y hay que utilizarlo. Todo lo más cabría servirse de los sinónimos que existen entre los que se puede escoger. Vamos, que yo soy lesbiana, bollera para los amigos —siempre en plan cariñoso— ya que esta es otra de mis características, como lo son mi tez pálida o mi testarudez.

Por eso me cuesta entender las manías de muchos de ponerle nombres ‘bonitos’ a cosas que ya tienen un nombre y que lo han adquirido por aclamación popular. Y sí, me estoy refiriendo al matrimonio igualitario, ese extraño nombre que se le da al matrimonio gay de toda la vida, ese matrimonio al que hoy en día ya podemos llamar simplemente matrimonio.

A veces nos gusta rizar el rizo y acabamos siendo más políticamente correctos de lo necesario. La acepción de matrimonio gay surgió porque es fácil, rápida y no hay que explicarle nada a nuestro interlocutor para que lo entienda. Probablemente sería mejor decir matrimonio entre personas del mismo sexo, o matrimonio entre gays, pero matrimonio gay es más corto y es el nombre por el que siempre lo hemos conocido. Me parece absurdo intentar cambiarlo meramente por cuestiones de corrección política.

Evidentemente ahora ya somos matrimonios a secas y ese es el nombre que, a mi parecer, deberíamos usar, pero a veces es necesario diferenciar entre el matrimonio hetero y el gay para desambiguar, sobre todo en publicaciones como Ambiente G en las que nos pasamos el día hablando del tema –aunque en este blog cada cual llama las cosas por el nombre que le place-.

La acepción matrimonio gay no me parece peyorativa y tampoco me lo parecería si le llamáramos matrimonio marica o matrimonio bollo, mientras el tono no sea despectivo, porque eso es justamente de lo que se trata. Pero los eufemismos me fastidian. Siempre los he asociado con el pudor y eso sólo lo me parece apropiado en temas escatológicos.

Evidentemente cada cual es libre de llamar las cosas por el nombre que desee, y matrimonio igualitario es una forma más de decirlo, pero supongo que me atrae la lógica aplastante de los términos descriptivos.

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