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nadal verdasco

Hace unos días, todas las primeras páginas de prensa, bailaron entre el morbo de baratillo y el drama insostenible, cuando un par de futbolistas, sin pedir permiso a la audiencia, se rindieron cariño. Las agencias de noticias son tan raquíticas llenando titulares que una dulce foto entre dos amigos se convirtió en carroña para las hienas. Las que habiendo encontrado en la autopista de la información una fuente inabarcable para derramar la mala leche en comentarios que requieren a menudo un buen repaso de corrector ortográfico y correctivo tolerante.

En el 2010 lo único que ha avanzado notablemente con respecto a lo que siempre ha habido es la tecnología. La sociedad sigue tan avanzada, aunque pretenda ser tan sofisticada, como el corcho de un alcornoque. En el género humano, los idiotas, o hacen más ruido que la mayoría o hacen palidecer tanto con su vocerío a los que no lo son, soltando, entre otras perlas, que la ternura entre hombres es mariconeo. Y van los titulares y se lo creen.

Que en un blog gay como el nuestro nos hagamos eco de la foto y le demos la vuelta hasta hacer un chiste con un brillante tirabuzón, tiene gracia y encanto, como el que le sobra a Peibols. Que la prensa seria se asombre de lo mismo es como niños de preescolar riéndose ante el espontáneo pedo de la seño al agacharse. Y lo han vestido de solemnidad y cierta mema condescendencia, sacando de quicio a unos protagonistas que han acabado soltando comentarios salidos de madre.

En esta sociedad, que sigue arrastrando malos hábitos de, literalmente, siglos pasados, se nos ha educado para temer a un Dios imaginado y para hacer dinero pisando cabezas, pero para nada más, en términos generales, que eso de aprender a vivir y a morir, a aprender del fracaso y a disfrutar humildemente emocionados del éxito es algo que vamos aprendiendo cada uno solito. Así como la tolerancia, que hasta que muchos no dieron su voz y su vida en ocasiones, por ello, fue, como no, de nuevo, puro mariconeo.

Como decía Ana Torroja, ‘Nada tienen de especial dos mujeres que se dan la mano’, ni que van al baño juntas, o se cuentan verdades deliciosamente banales al oído, pero sí lo hacen dos tíos con un par de huevos, son bujarronas ardientes sedientas de licor de meco. El cariño entre hombres sigue siendo espectáculo burlesco para los bobos del siglo XXI.

No hablaré, porque no debería hacer falta de que la intolerancia debería ya ser cero con dos señores que se aman y desean traspasar ese amor al lienzo legal de un certificado de matrimonio, sino al de dos amigos, sin más atracción física que la que persiguen dos personas con ganas de demostrarse el afecto que se tienen, censurándose absolutamente nada en las demostraciones de afecto. De la palmada al culo a la caricia en la espalda, la mano, el cuello o la tripa, el abrazo espontáneo, el beso único o repetido, el arrullo, la mirada en embeleso.

El afecto negado es cancerígeno, envicia y da más cancha para la especulación lerda. Nos deshumaniza y censurado pasa a ser cómplice de la átona sintonía de una sociedad infantil y malcriada que padece pánico frente a la ternura, que es la mejor arma, por su preciosa explicitud, justamente, contra el pánico.

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