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Si la memoria no me falla, que la edad ya empieza a descubrir su peor cara, en los recuerdos y entre las piernas, Antonio Gala contó en su momento una anécdota de las que se cifran y quedan como argumentos cojonudos para defender ante el tarugo que se tercie, que lo de follar entre tíos no es un vicio con el que nos infectamos durante el siglo XX. Cuando en su día Gala hizo la mili, porque hubo un largo tiempo en que en España, o hacías la mili o ibas a la cárcel, o por último, elegías hacer un servicio social en el que perdías aún más tiempo que cargando el cetme al hombro mientras soportabas las 20 vueltas al patio con el bamboleo nalguero del recluta precedente, lo llevaron a un tribunal o así, o quizás fue simplemente al despacho del sargento chusquero a censurarle sus maneras delicadas al usar los cubiertos en el comedor de tropa.
Ante las lecciones de moral del pecho lobo engalonado al hombro, Don Antonio, imagino que con su parsimonia imperturbable, y usando un vocabulario capaz de desarmar cualquier otro, tuvo la paciencia y la elocuencia necesarias, para explicarle a quien quisiera escuchar que machos en los ejércitos con hambre de machos los hubieron siempre, antes incluso de que los romanos enviasen por años a las legiones a sofocar conspiraciones bárbaras. Por aquel entonces, los fornidos embajadores romanos de felpudo equino en la cabeza y sandalias, sofocaban su necesidad de amor haciendo de su compañero de tienda, ideal receptor de sus encantos leferos, después de haberse liado a sus cipotes latinos las ya por entonces socorridas, para estas labores, vejigas de cabra o tripas de cerdo. De este modo, las tropas no sólo descargaban los ardores del campo de batalla, sino algo mucho más importante, elegían amantes regulares a los que eran fieles y a quienes protegían en el campo de batalla del mismo modo que estos les protegían a ellos. El ‘Don’t ask, don’t tell‘, les habría parecido a estos, el más estúpido de los argumentos. Bien por los romanos.
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