Hace tiempo que la Navidad no tiene para mí significado religioso alguno, aunque sí es excusa perfecta, como tantas otras en realidad, para reunirse con los amigos a los que realmente importas tomarte tres copas con ellos y llevarte una sorpresa memorable con los regalos del Secret Santa.
Hace mucho tiempo me harté de las mentiras de la Iglesia, de su afán de desmontar la historia para ponerla a su favor, de mantener a toda costa, inflada su burbuja de credibilidad para no perder ni un ápice de aquello que les hace más felices, la ostentación del poder, con toda la acumulación de beneficios que eso les supone. Pasé de ser católico de tradición a prácticamente ateo, de ahí, reconverso, y una vez recuperado para sus preces, de nuevo proscrito de forma definitiva, en un carro en el que acabaron subiéndose incluso mis, durante mucho tiempo, muy católicos padres.
Ayer, a Benedicto XVI lo tiraron al suelo. Según el portavoz vaticano, la culpable fue una desequilibrada, del mismo modo que oficialmente fue un desequilibrado quien una semana atrás le partió la cara al Cavalliere Berlusconi, mientras este se extasiaba con la adoración que le profesan los que andan ciegos con su ridícula opulencia de verborrea chulesca, tinte capilar y capas de maquillaje. Y qué es nuevo, si han sido justo los locos los únicos que han tenido bemoles, a lo largo de la historia del hombre, para enderezar clavos torcidos y para hacer que la presencia del Hombre en la Tierra tenga verdaderamente sentido.




