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Cuando unas semanas atrás, Joseph Ratzinger visitó los Estados Unidos, pidió disculpas al derecho y al revés por las escandalosas revelaciones hechas públicas en los últimos años por miles de adultos que padecieron abusos sexuales, siendo niños, por parte de religiosos católicos y que han costado a la Iglesia Católica Estadounidense, cientos de millones de dólares empleados en callar la boca a sus víctimas, por un lado, y en pagar costes de juicios y caros abogados consecuencia de sus más vomitivos abusos, por otro.
El delito de Ratzinger se deriva de que supo y sabe, que lo que pasó en Estados Unidos, pasó y sigue pasando en cualquier otro país del Mundo. Pero sin embargo no se ha plantado en cada uno de ellos a pedir públicamente disculpas, salvo en aquel donde se armó el pollo. Me ahorro comentarios porque me aburre la amoralidad de un personaje que pretende ser luz y guía de espiritualidad para millones de personas, y no es más que una inmensa alfombra de paños y oros, bajo la que se esconde toda la basura que su institución representa. Porque su Iglesia no gira alrededor de la Fe que tanto esgrime, sino de poder, corrupción, ambición sin límite, protección de tiranos afines, decadencia. Nunca Espiritualidad, repito, nunca.
El descubrimiento forzado de la sexualidad, por abuso perverso o por degeneración cultural, rompe vidas. En la infancia y pubertad, siendo así, genera traumas, maleduca de un modo brutal relacionando para siempre, si no se le pone remedio, en los casos en que se pueda, a la sexualidad, con una forma de agresión, de degeneración de la genitalidad, impidiendo con el tiempo que aquellos que siendo niños sufrieron abusos puedan luego, como adultos, disfrutar con felicidad plena de la bellísima experiencia del sexo sano, compartido, preñado de afecto, de inenarrable composición sinfónica de los sentidos.
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