Para poder votar este post tienes que identificarte o registrarte aquí.
Para votar este post conéctate con Facebook
Connect

A veces, entre rato y rato, te paseas entre el mar de mis neuronas, sobre la tabla, con tu desparpajo aries, fugaz, y al verte pasar me pregunto, ¿era ese Nemo?, sabiendo perfectamente que sí. Quién si no. Tu pasada sin mirar, tu pelo comiéndote media cara y tu lengua afuera, pidiendo aire permanentemente, te delatan.
Bailamos sobre casualidades que le dan caras a nuestra historia. Y en una de ellas andaba saliendo yo de Santa Barbara, tras almorzar en el que siempre será, para mí, el mejor argentino del Sur de California, dejando atrás, hasta muy pronto la preciosa ciudad en la que me gustaría vivir y morir si el director del banco me lo permitiera, cuando tras salir a la derecha, antes de incorporarme a la autopista, te ví el perfil por primera vez, Nemo, haciendo dedo. Con un mochilazo a los pies y el skateboard en la mano, mientras una orgía de viento y pelo bailaba un baile imposible sobre tu cabeza. “¿A dónde vas?”, pregunté. “A Los Angeles, tengo una entrevista.”
Ese fue el primer encuentro de una intermitente relación de amistad, pasión, risas y ensaladas de anacardos y mozzarella. Compartimos cinco días en los que aparecimos y desaparecimos como un clásico del cine comprimido en un minuto. Y luego nos perdimos el rumbo, quién sabe hasta cuándo. Y hasta tal cuándo, de vez en cuando, cuando te me cruzas y me haces perder el hilo, no puedo evitar preguntarme: ¿Dónde estarás ahora, Nemo?
Leer más