
La primera vez que conocí un asexual ni tan siquiera me había planteado la posibilidad de que existiesen y él no tenía ni idea de que lo que le ocurría tenía nombre. Lo conocí durante mi primer año de universidad y, en aquella época, todos teníamos la edad en que uno trata de definirse como persona.
Que yo fuera lesbiana pasó a ser algo totalmente banal cuando descubrimos que a Julio, por ponerle algún nombre, no le interesaba para nada el sexo –pese a ser un chico muy guapo e inteligente-. Nunca lo había hecho y tampoco tenía ganas de probarlo, es más, ni tan siquiera practicaba el onanismo –algunos asexuales si que lo hacen-. En una palabra, no tenía ningún interés.
Pese a todo, Julio quería encontrar una novia como él, que aceptara una vida célibe y no descartaba totalmente tener hijos. Julio era un asexual hetero-romántico, aunque ni él lo sabia.


