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Hoy, en el Kuleto’s, a la hora del almuerzo, hasta arriba de gente, no me quedó más remedio que elegir barra. “O barra o barra” – me dijo Daniel – “que has llegado tarde.” Si Daniel no me conociera, se habría jugado el puesto ante el manager, pero como hay confianza y está bueno, su sonrisa, la atención rápida del barista y una palmada suave en la espalda dieron por bueno lo que no había necesidad de.
Desde el río de gente tras mi espalda vino primero una risa y luego un levísimo empujón. Con el empujón, un suave aroma de cierto perfume que no pude identificar y una disculpa. Al pasar, giró la cabeza hacia mí y yo hice lo propio “I’m so sorry… ” volvió a decir. Acepté su doble ruego con una sonrisa y un guiño. Agradeció la ausencia de reproche exhibiendo toda la luz de una cara empapada de franca belleza. No pude desviar la mirada hasta que el clinc del vaso de vino al posarse delante de mí, me recordó que la comida estaba próxima. Al rato, en el paseo hacia el baño, nos tropezamos de nuevo, esta vez sin roce pero con un nuevo saludo. Su cuerpo perfecto, su camiseta, su pantalón, su color de piel, su descreída belleza afilada de ojos verdes, ya me acompañó, instalada en mi cabeza, estando en el baño, a la vuelta, y tras despedirme de Daniel y pagar la cuenta, tras la salida.
Pasa poco pero pasa, que muy de vez en cuando te sientes atraído de verdad, o al menos eso crees por la belleza… del otro sexo. Aunque sólo sea por un instante. Y es entonces cuando concluyes que en efecto, no somos del todo gays o heteros, ni blancos o negros. Somos tibios, tirando más a más fríos o más calientes. Somos grises.