
Oscar Wilde fue en vida, y luego gracias a su legado, posiblemente el escritor más grande de la Historia de la Literatura Inglesa tras William Shakespeare.
Adorado y temido por la sociedad de su época, se vió sin embargo sepultado en vida por las leyes que regían la misma, cuando el autor de ‘El retrato de Dorian Gray’, ‘Salomé’ y ‘La importancia de llamarse Ernesto’, fue condenado a prisión por amar a otros hombres. Tras salir de la cárcel en 1897, un Wilde asqueado por la hipocresía británica y físicamente frágil, abandonó su país rumbo a la Europa continental, donde a los 46 años, tras sólo tres en libertad, falleció.
Su cuerpo fue enterrado en París. Y desde entonces, su tumba, presidida por un ángel esta vez no asexuado, ha recibido incontables visitas que cada año pasan a rendir tributo al Autor y Mártir. En esa tradición, los peregrinos, con los labios manchados de carmín, besan su tumba, habiendo dejado, después de alrededor de un siglo, un mosaico variable, que ha ido cambiando a medida que el número de besos aumentaba o que sucesivas labores de limpieza, hacían desaparecer una capa anterior. Esa declaración física de amor a Wilde ha pasado a ser, sin embargo, recientemente, censurada.











