Una vez que acabaste de masajear sus pies, tu chico quedó rendido de gusto, agradecido por las mimosas manos, la piel suavizada por el ligeramente oloroso aceite de coco que le dejó una leve sensación de calor.
El dulce sopor que le mantiene tendido boca abajo en la cama le parece que es el mejor postre del mejor regalo que podía esperar hoy, pero lo que no sabe es que en realidad esto no ha sido más que la primera parte de una sesión más intensa que tomará a partir de ahora un cariz mucho más interesante, que le irá convirtiendo en un sujeto tan activo como él quiera, o como tú le dejes.
Una vez que has terminado de masajear con las manos, vamos a dejar que estas pasen a un segundo plano, ya que aunque no dejarás de usarlas, ahora será tu boca quien tome el rol protagonista. Sin haber dejado de tocar suavemente sus pies, céntrate ahora en sus dedos, uno por uno, envolviéndolos con los labios, humedeciéndolos muy despacio, deslizando tu lengua delicadamente entre cada uno de ellos, Recuerda, son la parte más frágil del pie. Trátalos como merecen. La mera sensación de hacer de tu boca un guante para cada pequeño dedo, hará casi inevitable que tu pareja ronronee.







