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03 junio 2008
Arte asiático

Hace muchos años, cuando era joven y mona, como diría eg0manía, mi profesor de Historia del Arte nos contaba que los artistas no eran creadores, sino recreadores, que nada nuevo salía de sus manos, sino que tomaban elementos prestados de aquí y de allá, les daban tres o treinta y tres giros, y a partir de ahí generaban una narración que pasaría a la Historia, o un pedazo de bazofia con la que ejercer de embaucadores con mayor o menor fortuna.
En estos días, en el Museo de Arte Asiático de San Francisco se ha celebrado una exposición titulada Drama and Desire: Japanese Paintings from the Floating World, literalmente Drama y Deseo: Pinturas Japonesas del Mundo Flotante. En ella una amplia variedad de dibujos, litografías, pequeñas esculturas y tapices de sedas, nos ofrecen un retrato de cierto aspecto de la vida social japonesa de siglos pasados y no tan pasados, cuando existía la figura social de las geishas, las cortesanas y los hombres jóvenes que se dedicaron a la muy noble función social de dar satisfacciones alternativas o complementarias a casados, solteros o lo que se terciase. Sus hábitos, sus vestimentas y sus áreas de recreo se convirtieron en estampas habituales de las grandes urbes niponas. Todo esto, naturalmente, antes de que ciertas religiones, vinculadas a castrantes conductas más inmorales que morales, sentenciasen que la abstinencia, el oscurantismo y la censura de la lógica de los deseos eran mucho más naturales, y por tanto imperativos, que la propia naturaleza.
La muestra queda como muestra, valga la redundancia, de unos modos del pasado, hasta cierto punto, porque aunque hay costumbres que acaban siendo sepultadas, los cimientos de cualquier sociedad siguen aflorando de un modo u otro en las generaciones posteriores. La sensualidad de aquellas historias mostradas en la exposición tienen su reflejo hoy también, y el uso de la seda y técnicas delicadas para representar aquella sociedad flotante, no son más que ansiosos modos eco de la suavidad extrema y la textura de la sensualidad asiática. Y es ahí donde la recreación entra en juego.
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28 abril 2008
Masajes, mimitos, caricias

Decía un viejo amigo de errática biografía, que antes de salir de la cuna, se vive de miedo. Duermes lo que te da la gana, calentito, envuelto en patucos y ositos estampados. Cuando algo va mal, lloras, y enseguida te adivinan si tienes hambre, o frío, o te has cagado encima. Que esa es otra. Tienes ganas de hacer pipí o popó y te lo haces con toda la ropa puesta y te quedas tan ancho. Agobiado pero ancho. Y entonces, no sólo no hay mosqueo, sino que te ríen la gracia, te dicen que qué rico, que se van a comer eso en un bocadillo, te limpian con pañitos calientes, pomadita y polvos talco y te plantan dos besos y a gatear o lo que se tercie. Se come gratis, no hay que preocuparse por los horarios (te levantas enmedio de la noche si te complace), y eres literalmente el dueño de la casa. Cosas de ser bebé.
Yo secundo a mi amigo, aunque lo de hacérselo encima es más incontinencia que otra cosa, con todos sus peros, y lo de llorar para que se enteren qué te pasa cuando estás mal es como coñazo, porque en realidad lo haces así porque no conoces otro modo de hacerte entender. En fin, que todas las edades tienen un pero. El que se destetó añora ser bebé, el cuarentón, adolescente, y el adolescente quiere pasar de la etapa de estudiante y el acné interminable a dejar de soportar la dictadura de mayores que él. Somos incompetentes en esto de respetar nuestra edad, toque la que toque.
Lo que no sólo yo echo verdaderamente de menos de mi etapa de bebé, es la caricia. La caricia constante.
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