Cuatro veces en semana

John Waters, el irreverente director de clásicas trash-movies como Pink Flamingos, Polyester o Cry baby declaró en una ocasión que posiblemente era el único gay que nunca había puesto un pie en el gimnasio. Es más que probable.
Es más que probable por el aspecto físico de Waters, semejante a un calamar seco con ese inconfundible finísimo bigotito plantado en medio de la cara, y porque o ciertamente es el único o apuesto mi café de mañana a que excepciones como él no hay más de… ¿cien quizás?
El músculo vende. El abdomen tableta de chocolate, los gemelos encuñados, unos buenos pectorales, las espaldas anchas, el culo firme, los bíceps como dos papos de nalga sobre los brazos. Si eres hetero es preferible, si eres gay diría que es prácticamente imprescindible. Los gimnasios se han hecho de oro con nosotros. Cuatro veces en semana es la media. Con frecuencia, más. Somos los reyes del cardio, del press banca y de las elevaciones laterales. ¿O no estáis de acuerdo?




