Hace años me decía no sé quién, que en la vida habían cuatro grandes placeres terrenales, a saber, comer, follar, dormir y uno último demasiado escatológico para el primer párrafo de una entrada ciertamente indolora. Sin poner uno de ellos por encima del otro y así a bote pronto, sin pensarlo, estuve y estoy de acuerdo con él.
Vamos a eludir el último de los grandes placeres y centrémonos en los otros tres en orden inverso al escrito. Dormir se puede dormir solito, entre tres o cuatro almohadas sobre cama King Size, a ser posible, con el despertador desenchufado y la noche templada. Eso, como los tres anteriores, aparte de una necesidad, es un tremendo gustazo. Claro que dormir se puede ir a dormir uno acompañado, después, antes o en el descansillo de un polvo memorable, y aquí está el segundo de los deleites y uno de los temas imprescindibles, como bien merece, de nuestro blog.
Pero a uno le entra hambre después de amar y no es conveniente irse a la cama con el estómago vacío (ni tampoco demasiado lleno o adiós a los dos placeres anteriores), así que hay que comer. Y unas veces nos llevamos a la boca cualquier mierdita, otras nos curramos unos tentenpiés y un vinillo de acompañamiento y otras veces nos permitimos un lujo, miramos el listado de los mejores restaurantes y nos homenajeamos mientras compartimos cena con quien nos hace feliz, y aquí quiero llegar. La cocina se ha convertido en un arte en los últimos años y si de arte hablamos, tenemos que hablar de artistas, que son en este caso los chefs. Y a ellos, pero no a cualquiera de ellos, sino a los que nos enamoran con sus platos y sus caras, va dedicada esta entrada, que así, tal como empieza, puede parecer poco gay, pero veamos si con un poquito de esfuerzo nos deleitamos sacándole el jugo que más nos conviene.



