
La zona donde vivo perteneció hace no tanto a los animales, y con profundo respeto, cuando el hombre decidió edificar aquí sus viviendas, procuró mantener lo mejor posible un venerable equilibrio con ellos manteniendo el bosque como estaba en las áreas en que la construcción de las casas y las estrechas calles lo permitió. Apenas 10 minutos arriba en coche, una reserva natural nos cuenta quiénes son los auténticos señores de este territorio, y sin necesidad de ninguna clase de green card o especial permiso se pasean entre patios privados y avenidas, ardillas, mapaches y, mejor eludirlos, coquetos zorrillos.
En las madrugadas y también muy de mañana o anocheciendo, sobre todo si la niebla es espesa, familias enteras de ciervos tienen preferencia absoluta y hacen frenar y maravillarse, aunque el espectáculo no sea nuevo, a los conductores. Pero no toda la fauna de las colinas es igual de inofensiva al contacto con el hombre. De vez en cuando ha sucedido que un animal poco amigo de acercarse a núcleos humanos ha dejado paralizado del pánico a más de uno. Hasta ayer, sin embargo, creí que no iba todo más allá de una leyenda urbana, cuando al girar el auto hacia la izquierda, me encontré de frente a un puma enmedio de la calzada.