
Algo antes de hacer patear la entera Tierra Media a cuatro pequeños hobbits, Peter Jackson demostró que no tenía sólo mal gusto, rompiendo moldes narrativos con la traslación al cine de una historia que en la Nueva Zelanda de los años 50 del pasado siglo, puso los pelos de punta a la sociedad de la época.
Dos adolescentes inseparables, Pauline Parker y Juliet Hulme, de orígenes sociales absolutamente diversos, quisieron romper con naturalidad tantos moldes impuestos por una sociedad obsesionada con la mortificación de la Felicidad, que no tuvieron otro remedio que evadirse de ella, en un perturbador Viaje de Alicia, en el que acompañadas por Mario Lanza como Conejo Blanco y Orson Welles como brazo ejecutor, traspasaron cualquier frontera, hasta la más espantosa de todas ellas, con la ingenua ilusión de vivir juntas para siempre.


