Tyler era un australiano al que sacaba un palmo de altura pero que me ganaba en culo, de cintura de avispa y espaldas de nadador de mariposa, al que le brillaban los ojillos color cobalto cada vez que sonreía marcando las mejillas con un par de hoyuelos que ponían entre perfecto paréntesis su cálida sonrisa.
Un día, aquel hetero oficial, cargado de energía, amigo del abrazo espontáneo, a la salida de un cine, replicó al entusiasmo que me había despertado la película que él había recomendado con un beso inolvidable en los labios. Fue el primer tipo que me hizo trizas el concepto de roles sexuales con los que había vivido hasta entonces. Por un tiempo fue el mejor amante. Hoy, cuando nos separa una larguísima distancia, uno de mis mejores amigos.
Así, teniendo a un australiano esencial como primera referencia de la peña antípoda, cada vez que me viene una noticia positiva de los vecinos de Tyler, recuerdo que serán raros pero tiernos e imprevisibles, porque sin esperártelo te salen dando botes con un gesto cojonudo. El último que más nos afecta, me ha alegrado el día y por supuesto la vista. El equipo nacional de rugby de Australia, acaba de hacer campaña por nosotros.










