
Con la elección de Barack Obama como Presidente de los Estados Unidos hace ahora poco menos de un año, los ciudadanos norteamericanos, aquellos de nueva generación, gran parte de los inmigrantes y los inspirados por el hartazgo de una política de cowboy cazurro, protagonizaron una genuina nueva revolución americana poniendo como comandante en jefe de sus sueños, a un nombre, una cara y unos compromisos nuevos y, parcialmente, revolucionarios, dentro de los márgenes posibles en los que puede moverse el jefe de estado de la nación más poderosa de la Tierra.
Los que vivimos dentro de Estados Unidos, no pudimos evitar emocionarnos con la inmensa alegría con que en las zonas menos conservadoras del enorme país fue recibida la noticia en aquella jornada electoral. Aquella noche fue de brindis, risas, abrazos y lágrimas de felicidad en la cara. Fue maravilloso vivir ese momento fundamental de la Historia en vivo.
Entre los que hicimos posible aquella victoria estamos los miembros de la Comunidad Gay, que exaltados por sus promesas favorables a nuestra minoría, acudimos en masa a darle nuestro apoyo efectivo en las urnas. Un año más tarde, sin embargo, en lo que a nosotros se refiere, nada ha cambiado en realidad. El Presidente, sin embargo ha hecho ayer sábado una promesa en la 13 Cena Anual del Human Rights Campaign, la mayor organización en defensa de los derechos de los homosexuales en Estados Unidos.