
Las revueltas árabes están dando más de un susto a muchos, ya que tras la llamada generalizada a la democracia durante las revoluciones que derrocaron a sus correspondientes dictadores, los islamistas están irrumpiendo con fuerza en muchos de estos países. El propio Túnez, el país que comenzó las revueltas, y el más occidentalizado de todos ellos, ha visto como en las pasadas elecciones surgía como fuerza principal un partido de corte islamista, por la división de los propios partidos laicos, ante el horror generalizado de buena parte de las mujeres y de los sectores más liberales del país.
Y si en Túnez, un país moderno y en el que la mujer goza de un estatus de amplia libertad se han producido estos resultados, lo que puede venir en Libia, o en Egipto hace temblar a más de uno, especialmente en lo que a derechos de la mujer se refiere. Pero si los derechos de la mujer pueden sufrir un claro retroceso en muchos de estos países, en materia de derechos LGBT la cosa está mucho más complicada. Por eso, me parece que es un signo de auténtico valor que el próximo 1 de enero, los gays egipcios se atrevan a salir a la calle en la Plaza de Tharir, el símbolo de la revolución egipcia que acabó con la dictadura de Hosni Mubarak.





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