
“A Yuichi se le ocultaba la frecuencia con que los hombres que aman a otros hombres se casan y son padres. Tampoco sabía que la mayoría de ellos contribuyen involuntariamente a la felicidad conyugal gracias a sus íntimas tendencias. Saturados hasta la náusea, con su esposa, del inoportuno banquetazo que es el sexo contrario, jamás se inclinan hacia otras mujeres. Muchos hombres que pasan por buenos maridos pertenecen a este gremio. Cuando tienen hijos, se comportan más como madres que como padres”.
Este texto es un fragmento del libro que estoy leyendo en estos momentos, El Color Prohibido. Un libro que acabo de comenzar y que ya está provocando en mí reflexiones y pensamientos típicos de una calurosa tarde de verano.
El libro en cuestión, como ya expliqué el otro día, es de Yukio Mishima, y trata sobre un escritor que usa a un joven gay para vengarse de todas las mujeres, teniendo en cuenta que todo esto sucede en una sociedad tan cerrada como es el Japón de mediados del siglo XX. A lo largo del libro, el escritor expone una serie de teorías filosóficas sobre la homosexualidad y las relaciones entre los sexos, y el párrafo que os he copiado al principio, es el que hace referencia a los matrimonios celebrados entre una mujer hetero y un hombre gay más encerrado en el armario que las hombreras de los años 80.


