La influencia de nuestro colectivo en los medios de comunicación ha crecido una barbaridad en los últimos años, pasando de ser ‘objetos’ de limitado consumo entre nosotros mismos a una renovadora exposición de nuestro sistema de vida para todas las audiencias. Nuestro colectivo es mucho más visible en todos los frentes. Poco importa si se esconde un interés comercial detrás. Lo que importa es que nuestra realidad es más visible y nuestra integración y aceptación social, elocuente. Hemos pasado de parias a primera minoría, finalmente.
El cine es uno de esos paneles expositivos. Si nuestras apariciones esporádicas hicieron crear esperanzas en la prodigiosa década de los setenta con títulos tan significativos como ‘Tarde de perros’ o ‘Domingo, maldito Domingo’, los conservadores 80 nos dieron la espalda, siendo desde entonces hasta comienzos del presente siglo y milenio tan revolucionario en miedos y esperanzas, mera carne de videoclubs selectos o circuitos de distribución de escasa identidad. Sin embargo todo esto ha cambiado.



