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En las décadas de los 80 y los 90 (del siglo pasado), proliferaron, y en realidad siguen haciéndolo en mucha menor medida, las llamadas boy bands. Cuatro o cinco monadas, a menudo de diferentes estilos entre ellos, para que pudiese ser más fácil el acceso de las discográficas a un más diverso sector de público.
Grupos como Take That, N’Sync, Back Street Boys o Westlife, hicieron corear como locas y locos a todo adolescente y no tanto que suspiraba por el fleco de aquel, las “rubiosidades” de aquel otro, el falsete romanticón de un tercero o el salto de macho del tipo/arquetipo duro de los chicos. Los labios del vocalista principal acariciando el micro mientras susurraba la balada más reconocible hacía transpirar los gayumbos de los más exaltados aspersores de pre cum.
Los chicos de estas bandas estuvieron siempre bajo sospecha por sus confusos manierismos rítmicos y las caras de bollitos de crema de más de uno. Con el tiempo, a Robbie Williams lo zarandearon de acá para allá, haciéndolo mover a su pesar en aguas ambiguas que él ha toreado como ha podido, oficializando su heterosexualidad con peros. A Lance Bass lo sacaron del armario, a base de malos meneos de maricas malas con nada buenas intenciones.
Hoy hemos sabido de uno más al que nadie ha tenido que sacar porque vive su sexualidad con la mayor naturalidad del mundo. Se trata de Jonathan Knight, componente activo de una banda recientemente recuperada, los New Kids on the Block, ahora, si cabe, más diversos que nunca.
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