Mel Gibson es un bocazas. ¿Lo digo yo?, naturalmente, pero es una opinión unánimamente compartida, aparte de, también, una de las presencias más carismáticas del cine de los últimos 35 años. El norteamericano, trasplantado de niño a Australia y devuelto luego a Hollywood para convertirse en héroe de acción, actor notable de méritos escasamente reconocidos y ganador de un par de Oscar, propietario de uno de los pares de ojos más hermosos de la gran pantalla y uno de los culos masculinos más rotundos escondidos tras un arma letal, alcohólico, busca problemas y mujeriego ha sido acusado de racista, agresivo con las mujeres y homófobo.
En lugar de bocazas, muchos dirán que al Loco Max se le va la olla... y quizás no anden los tiros muy desviados. Según rumores no confirmados, el actor, además de alcohólico, algo que no debería ser motivo de bromas, porque el alcohlismo no es afán extremo por divertirse sino una enfermedad socialmente aceptada pero enfermedad y muy seria, podría ser bipolar, lo que, al parecer, justificaría sus agresivos cambios de humor y sus numerosos exabruptos que le han traído más de un quebradero de cabeza legal y la pérdida, quien sabe si definitiva, de su estatus como gran estrella.
Ahora, Gibson dice que no discrimina, y aquí os lo explico.












