
Últimamente escucho con demasiada asiduidad una frase que ya me empieza a sonar manida. Viene a ser algo tal que así: “no tengo que contarle a nadie que soy homosexual; los heteros no van por ahí diciendo que lo son”. Y yo que soy arduo defensor de salir del armario, tanto por liberación personal como por contribución a la normalización colectiva, no puedo estar más en contra de esa afirmación.
Hay quien cree que ya está todo hecho simplemente por estar en el siglo XXI y que hayan sido muchos en la historia los que han recibido palos hasta llegar a la situación de “libertad” de la que ahora disfrutamos. Quien quiera engañarse, libre es de hacerlo. Pero que no nos venda milongas a los demás. Afortunadamente, somos bastantes los que podemos vivir de forma plena nuestra orientación sexual. Y sin que nadie nos tosa. Ni nos escupa. Al menos, hasta el día de hoy y toquemos madera. Que nunca se sabe.
Pero intentar hacer ver que no es positivo o incluso necesario salir del armario no es más que una excusa barata para permanecer allí donde los miedos propios te tienen arrinconado. Estos días es noticia Zachary Quinto y su oficilización de lo que era un secreto a voces. Bienvenido, querido, a este lado de la realidad. Un lado en el que seguramente él ya vivía, aunque no lo hiciese de cara a la opinión pública.











