
El conformismo nos aleja de la Felicidad. No aquella que los ‘buenos hábitos’ de cada época entrecomillan como buena, sino la que nos golpea desde dentro de la cabecita. Esa que viene dirigida por nuestra intuición y el libre albedrío y a la que tantos insisten en negarle la razón, por evitar salirnos de unos convencionalismos que acaban deformando nuestras vidas, hasta el extremo de que muchos acaban por morir profundamente infelices con la panoli ilusión de encontrarse tras la muerte, finalmente, más cerca del Cielo.
Todd Haynes, director homosexual que alambicó las fobias hasta destilarlas como ejercicio de suspense en ‘Safe’, enamoró a dos reyes del glam en ‘Velvet Goldmine‘ y defragmentó a Bobby Dylan en ‘I’m Not There’, dirigió entremedias, a Julianne Moore y Dennis Quaid, en ‘Lejos del Cielo‘, un sublime homenaje visual a los dramas cincuenteros de Douglas Sirk, en un apabullante mural colorista que es a la vez envoltorio de una realidad impostora y código cromático de sentimientos y sensaciones de los personajes que la habitan.


