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En alguna ocasión, había visto en persona a Eduardo Mendicutti (Sanlucar de Barrameda, 1948), aunque siempre como mero espectador. Por eso ayer y, aunque había leído alguna de sus obras, no podía hacerme a la idea de la talla de persona a la que me enfrentaba. Definirle como escritor es decir muy poco de él, porque ante su apariencia de hombre tranquilo, se esconde un luchador personal y colectivo cuya voz potente no tiene miedo a decir en todo momento lo que piensa.
Afirma que siempre ha escrito lo que le ha dado la gana y me cuenta que hace un millón de años leyó en la Puerta del Sol junto a la también escritora Maruja Torres, el manifiesto del primer Orgullo Gay. Varios milenios después me permite sentarme delante de él en el mítico Café Gijón madrileño para hablarme de literatura homosexual – es defensor absoluto de este término -, de su recorrido, de activismo y, por supuesto, de su última novela ‘Mae West y yo’ (Tusquets). El pasado martes el Festival Visible le hizo un homenaje y, aunque él diga que no lo merecía, en apenas media hora de conversación comprendí que motivos hay de sobra.
Pregunta: Justo el martes pasado te hicieron un homenaje a tu trayectoria como parte del Festival Visible. ¿Cómo viviste ese momento?
Respuesta: En primer lugar, este homenaje me parecía un desatino absoluto (ríe). Incluso, intenté inútilmente pararlo, porque soy fatal para esas cosas. Lo organizaba Pablo Peinado, que lo ha hecho maravillosamente, y además contaba con el apoyo de Tusquets, mi editorial. En él estuvieron los amigos, algunos muy cercanos, otros más esporádicos pero a los que admiro mucho. Boris Izaguirre se encargó de presentarlo y lo hizo muy bien durante las dos horas y media que duró el acto. Además de la parte afectiva, me sorprendió la alta calidad de toda la organización. Y luego el gentío, porque estaba rebosante de personas.
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