
En estos días en que reinas pretenden destronar a otras reinas, sugiriendo llamar su amor… de otra manera, y se desdicen sobre no sé qué, y vienen opusdeinas a apuntalar sus desdichos y Proposiciones provoconas de náuseas nos recuerdan que los iluminados por apariciones marianas tienen más derecho a que su opinión sea la buena, porque así les sale de sus rancias partes, hay que aprovechar una vez más para llamar la atención y elevar otra queja.
Ya sé, ya sé, y en ocasiones me he hecho eco de ello, que nos quejamos, y nos quejamos, y al día siguiente nos levantamos y nos quejamos de nuevo. Pero es que nos sobran motivos, y nos podemos ir de picos pardos y bolsos cruzados y Dolce y Gabanna y Abercrombie & Fitch y tocándonos desafiando el orden natural del flirteo jurándonos a nosotros mismos que como sea, mañana follamos. Y podemos parecer entonces un combinado frívolo de caricaturas urbanas con el histerismo criticón subido. Y es que nunca hemos sido una minoría de las que reciben miradas compasivas. Jamás fuímos cabeza de hucha del Domund para bolsillos de bien, ni criaturas con un brazo menos o cualquier otra característica física que pintara lastimera. Hemos sido de siempre, simplemente, maricones, sarasas de barrio, Paco Españas de la Transición, por citar clichés del pasado. Quizás por eso hemos necesitado labrarnos inconscientemente una identidad, en el arcén de las mayorías y minorías más consentidas.
Pero hoy, esos bujarras que tenían un rol definido en la sociedad, como bufoncillos de la cadera dislocada y la muñeca rota, del grito agudo y la boca torcida, somos señores y señoras que a base de peleitas diarias y conflictos personales, nos hemos quitado la falda de lunares y la boquita pintada y hemos salido a la luz como deportistas de élite, abogados estrella, cantantes, actores, analistas financieros, gestores económicos, ingenieros de un futuro común más cordial para todos. Le hemos crecido demasiado aprisa a los dioses de lo establecido. Hemos pasado, en todos los ámbitos, de ser animales de granja o fauna de museo de historia de la ciencia, a tipos y señoras que han dejado de ser actores para tomar protagonismo compartido, naturalmente, con otros. Naturalmente para nosotros, porque para muchos de ellos hemos crecido demasiado aprisa, que no es cierto, porque la lucha ha sido larga y extremadamente dura y ahora, para ellos somos como un tsunami imparable, que no es cierto, porque somos una corriente más para acompasar las olas y ante la imposibilidad de pararnos, nos ofrecen pan de ayer en lugar del recién horneado y vino de mesa en lugar de Gran Reserva. Pues bien, dejad que os diga una cosa, bocazas: Estamos hasta la Corona de vosotros.