
Aún a riesgo de que este tema monopolice el blog, me siento en la obligación de mostrar mi postura respecto al Día del Orgullo Gay. Lamento diferir bastante de las opiniones que Dan y Nacho han expuesto. Cierto es que hace dos días criticaba nuestra actitud como colectivo, comparando las miles de personas que cada año asistimos a la manifestación con las pocas que protestaron el pasado sábado ante la injusticia del crimen de Vigo.
Pero eso no significa que no me guste cómo celebramos el Orgullo Gay actualmente. Al contrario. Me encanta. Y me encanta, básicamente, porque hacemos lo que durante muchísimos años no se nos permitió hacer. Podemos vestirnos de lo que nos venga en gana, con toda la libertad del mundo, y disfrutar de una gran fiesta a lo grande. Y no me parece justo en absoluto que desde dentro, desde el propio colectivo, se critique ese festejo. Porque no deja de ser una fiesta más…
Los tópicos están, han estado y estarán siempre ahí. Y por mucho que joda, los tópicos tienen una parte de realidad. Para muchos, los gays sólo somos cuerpos semidesnudos llenos de plumas y aceite que bailan borrachos como cubas encima de camiones. Y sí, jode que se nos valore sólo por eso. Pero la solución no está en cambiar la fiesta del Orgullo Gay. Sin duda, la solución está en trabajar los 364 días restantes del año por que se sepa que no somos sólo eso. A diario, me levanto de la cama, me pongo mi traje y defiendo mi puesto de trabajo con la mayor profesionalidad. Yo soy ese, el de la corbata. Pero también soy el otro, el que se pilla una cogorza impresionante a finales de cada mes de junio.
Los españoles tenemos fama de ir vestidos de torero las 24 horas del día y por eso no hemos prohibido los trajes de luces. Tampoco se han prohibido la Feria de Sevilla, ni los encierros de San Fermín, ni los Carnavales de Cádiz, ni las procesiones de Semana Santa. Son fiestas. No hay más.