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Nunca es mal momento para un buen masaje, que es algo que no se practica tanto en la pareja. Quizás porque se nos hace cansino andar amasando el músculo de nuestro amado, espontaneo o recurrente, no sea que, además, se nos vaya a quedar frito y nosotros agotados sin más recompensa que dejar planchadito al fiera, aunque ya es divino mérito lograr adormilar con nuestra mera caricia, todo sea dicho de paso.
Y es lo que tiene tradicionalmente dar masajes, que uno lo disfruta más que el otro. No acaba de ser participativo, aunque una parte no valga si no va acompañada de la otra. Y por eso, en muchas ocasiones, el masaje es muy breve, o está dado de cualquier manera o llanamente no se dá.
Hace un tiempo, sin embargo, alguien me enseñó una técnica que sin romper reglas, me hizo caer en la cuenta que el placer de quien lo da no debe residir sólo en sus manos, necesariamente, y el que lo recibe no sólo no se limita a ser sujeto “receptor”, sino que en menos de diez minutos puede pasar a ser el menos pasivo de los elementos sobre la cama. Yo os lo cuento, vosotros lo aplicáis y luego me decís cómo os fue, si os parece.
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