Un simple recuerdo del pasado

Estaba la semana pasada de compras con mi hermano, y entre risas, protegidos del calor exterior por el aire acondicionado del coche, íbamos hablando sobre las manías que tiene cada uno cuando conduce. Una conversación banal para una calurosa tarde de finales de julio.
Al llegar a la siguiente tienda, aparcamos, y mientras bajábamos del coche, le comenté una de las manías de mi pareja.
En ese momento, desconozco el motivo, una sonrisa de satisfacción se me escapó mientras salía del coche. En ese pequeño instante, como que fui consciente de forma inconsciente, de lo que ha cambiado mi vida en apenas unos años, y además, para bien.
Si hace seis o siete años alguien me hubiera dicho ya no que iba a estar fuera del armario, sino que podría hablar con total naturalidad de mi novio con mi hermano, o que iba a entrar por casa de mis padres como si fuera una chica, no me lo hubiera creído.
Probablemente, lo hubiera tomado como una burla a mi cruel destino de llevar una vida solitaria y secreta enlazando una relación tras otra detrás de ese telón en el que se había convertido mi vida. El eterno soltero centrado en los estudios, en el trabajo, o simplemente, en viajar y pasarlo bien, y entre cuyas aspiraciones no se encontraba el sentar cabeza y encontrar una chica con la que formar una familia.




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