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Eduardo Mendicutti es uno de los más destacados escritores de literatura gay en castellano. Autor, entre otras, de Los novios búlgaros, El palomo cojo, El ángel descuidado o El beso del cosaco, Mendicutti publicó en 2005 California, donde se narra la historia de Charly, un español homosexual en dos etapas muy diferentes de su vida. La primera, durante un breve pero intenso viaje que realiza a Los Angeles durante el verano de 1974, con 25 años y un potentísimo físico que hizo de él una fugacísima estrella. La segunda etapa, varios años después, en la España actual, donde el protagonista, afortunado hombre de negocios, convive con su pareja, un hombre mucho más joven que él, y donde se tiene que enfrentar a un dilema decisivo, que le pondrá a prueba en todos los sentidos.
A los amigos de la lectura, os recomiendo el libro, que podéis conseguir a través de Amazon o Casa del Libro. Quizás no sea una pieza portentosa que quede clavada en vuestra memoria bibliográfica para siempre. Sin embargo a mí, su lectura me afectó sensiblemente por la descripción de lugares y personajes que se me hicieron familiares, porque en el fondo, California, pese al paso de los años, sigue ofreciendo a “Charlys” como el de Mendicutti, la misma red que atrapó al protagonista del libro. Por otro lado, me sentí identificado con el protagonista por su fascinación por lo que encontró, y el modo en que todo esto afectó a su vida posterior. La principal diferencia entre él y yo, es que su estancia por aquí fue breve mientras que yo, que venía a quedarme un rato, decidí permanecer para el resto de mi vida.
Estoy convencido de que todos deberíamos tener una etapa “California” en nuestras vidas. Creo que todos tenemos esa necesidad y ese derecho aunque no siempre somos conscientes de ello. En mi caso, esta vino en el momento más inesperado, cuando establecido en España, con un cargo de responsabilidad fijo y mi vida oficialmente hecha, unas vacaciones a la legendaria tierra “pacífica” del Sol, la Fiebre del Oro, surfers y estrellas de cine, las interminables playas flanqueadas por espigadas palmeras y los mágicos bosques de centenarias sequoyas, me hicieron sentir por primera vez, de modo consciente, que yo pertenecía a un lugar y que ese lugar me había estado esperando para convertirse en mi hogar. Así que en cuanto pude y como pude, volví con la absoluta certeza de que no querría volver a irme. Hasta el día de hoy no me cabe la más mínima duda de que estaba en lo cierto.
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